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 Ayer estuve en un programa de televisión en directo. La primera hora estaba dedicada a que los políticos debatieran entre sí. La segunda a que hablaran las plataformas de afectados, los ecologistas y todo eso. El aire acondicionado estaba a tope y me estaba quedando helado mientras los concejales se despellejaban y esperaba a que me tocara intervenir. Helado por fuera, porque el aire parecía que venía del polo, y por dentro, porque lo que escuchaba sugería hielo y escarcha.

Vaya rato pasé viendo y oyendo cómo unos se echaban la culpa a los otros ante la inminente destrucción del paseo marítimo de Sagunto y la muerte de sus restaurantes. Pero sin resolver, explicar ni aclarar nada.  Y me parece (perdón) que sin enterarse de nada.

No sé si es que estoy tonto o es que lo veo tan claro porque es sencillo y fácil. Sólo pude intervenir durante un momento en la segunda hora y dije lo que pensaba: Que no entendía cómo el Ayuntamiento de Sagunto no había iniciado los trámites para la desafectación y que se dejaran de embrollar la cosa con que si fui yo o fuiste tú.

 ¿Qué pinta el Ministerio de Medio Ambiente gestionando un espacio que es de la ciudad, les guste o no? ¿Quiénes se han creído que son los ingenieros de Costas para destruir un vial público de la ciudad? Conté la anécdota que viví en 1988, nada más comenzar la ley, cuando se tramitó expediente sancionador a un cartel anunciador que había en la acera de una calle porque de pronto la publicidad en el dominio público estaba prohibida. Y en vez de resolver el problema, a profundizar en él, como buenos íberos brabucones, ignorantes y provocadores. Ahora no se trata de prohibir el cartel que anuncia una peluquería. Ahora es cargarse cincuenta puestos de trabajo, tres restaurantes y una zona de esparcimiento porque les gusta a los señoritos. 

 Un despiste bárbaro fue lo que percibí. Y el alcalde, el hombre, quejándose en los videos de que Medio Ambiente les iba a dejar con las obras un paisaje propio de Kosovo.

Sí sí, muy bien. El alcalde está con los vecinos, estupendo.

¿Pero por qué no pone su servicio jurídico a impugnar los derribos? Algo así es lo que dije en mi último minuto. El moderador me preguntó si el tema tenía arreglo y contesté que no poniendo pancartas. Hay que pasar por el juzgado, como cuando vamos a casarnos, pero sin convite.

Me muero de aburrimiento cada vez que oigo a un alcalde decir que sí, que está con los vecinos. Es una de las frases que más he escuchado en los últimos tiempos. Decirla no cuesta nada.

Ya pondré un vínculo al video cuando lo consiga.

Había una vez un médico que ponía a los moribundos en balanzas de precisión que detectaban el cambio que se producía en el peso en el momento de la muerte. Cada vez que el enfermo moría, la balanza marcaba veintiún gramos menos. Es el peso del alma. de ahí la película de ese mismo título, veintiún gramos.

  Veintiún gramos es un buen título para una película, como ciento treinta y seis euros lo es para un relato sobre lo que hacen los ingenieros de costas. Imaginemos un hombre que se ganaba la vida asando pollos y vendiéndolos y que se jubila con una pensión de quinientos euros. Imaginemos que a este hombre le gusta el mar y se las ingenia para comprar una casa en un sitio donde puede permitírselo. Vamos a imaginarlo ahora en su casa, delante de la playa, una vivienda pequeña pero bonita dentro de una parcela de setecientos metros.

  Cuando me dijo lo que Costas pensaba pagarle por su casa, creí que se había equivocado. Escuché ciento treinta y seis euros y creí que se había olvidado de los ceros.

  -Querrá decir ciento treinta yseis mil -comenté.

 Pero él continuó imperturbable.

  -Ciento treinta y seis euros -respondió.

  ¿Sabéis vosotros cuánto pesa el alma de los ingenieros de costas que quieren hacerle eso?