LA CHICA QUE BEBIÓ DE SU BOTELLA. DRAMA URBANO EN TRES ACTOS

octubre 12, 2016

abogadodelmar

Tú dijiste:

– ¿Cuál es la señal del camino, oh derviche? 

– Escucha lo que te digo

y, cuando lo oigas, ¡medita!

Ésta es para ti la señal:

la de que, aunque avances,

verás aumentar tu sufrimiento.
FARIDUDDIN ATTAR

PRIMER ACTO. PARAÍSO RURAL

Yo no se si es cierto que el batir de alas de una mariposa en la Chimbamba puede causar catástrofes naturales en nosedonde

Pero sí he llegado a ser consciente de las graves perturbaciones que puede causar en vida ajena un simple y en apariencia inocuo trago de agua, algo tan simple y aparentemente inofensivo cono el batir de alas de la mariposa.

 Me he sentido estafado y como cogido en una trampa durante los últimos meses . Yo vivía con mi entonces chica en lo mas ruidoso, contaminado e insoportable de la Avenida del Puerto de Valencia cuando había cuatro carriles de subida y cuatro de bajada, y unas cucarachas como caballos de ocho patas. Quizá para hacer en entorno mas acogedor, una noche, no mucho después del 23F, discurrió por allí toda una división de carros de combate que dejaron el firme bien apañao. Había alquilado una oficina cerca del Ayuntamiento y cogía el 2 o el 19, o buen me acercaba caminando en un paseo de 35 minutos. 

Cuando vimos el ático en venta en el Puig brilló la esperanza. El día que lo visitamos me gustó, pero lo que me decidió a comprar fue que desde la terraza podía verse el cercano apeadero del tren de cercanías, que pasaba cada treinta minutos y me dejaba junto a mi trabajo. 

Tengo que decir que fue una delicia sustituir la retumbante Avenida del Puerto por las calles remansadas de aquel pueblo de 7000 habitantes al pie de un monasterio del siglo XII y sin bichosI. Salía los sábados a comprar la prensa y dejaba que mi hija pequeña me acompañara correteando a mi alrededor sin ningún miedo a los coches y lejos de la agresividad de la ciudad.

 Con el tiempo he comprendido que el único defecto de mis nuevos paisanos es que no hay un sólo día del año en que no tengan alguna fiesta que celebrar, pero desde luego puedo perdonárselo a cambio de vivir en esa especie de modesto paraíso rural.

 Cada mañana caminaba tres minutos hasta el apeadero y compraba un billete. Tardaba en llegar a mi despacho la misma media hora que había tardado antes con el autobús desde la Avenida del Puerto. Con el tiempo me hice medio colega del chaval que tenía la concesión para vender los billetes y le pedía “una dosis”, equivalente a uno de ida y vuelta a Valencia. Todo resultaba simpático y amigable.

SEGUNDO ACTO. LA REBELIÓN DE LAS MÁQUINAS 

Pasó el tiempo y a modernidad y el capitalismo salvaje con su bastarda obsesión por rebajar costos se impusieron a guantazos que me dieron de lleno. Un mal día vi obreros trabajando en el apeadero. Instalaron una enorme valla de hierro macizo y gris para impedir el acceso a los andenes, seguido de un sistema para conducir ganado humano estabulado mediante rulos o tornos a los que previamente había que alimentar con un billete comprado a una máquina tragaperras. La cabina donde debería haber un señor o señora de RENFE casi siempre estaba vacía, así que en caso de que algo no fuera como es debido tenías que fastidiarte.  

Mi primer disgusto de muchos que vivieron luego fue consecuencia de la inercia: Me planté en la ventanilla y le pedí al señor un billete de ida y vuelta. Me dijo que lo comprara en la máquina. Le pregunté por qué. Me contestó que RENFE quería acostumbrar a la gente a hacerlo así. En el final del trayecto, como sí no hubiera bastante con los controles del inicio, los responsables habían considerado buena idea poner otros rulos que originaban colas tan desagradables como innecesarias de pasajeros que ya habían pasado su billete en la estación de partida.

Algún desgraciado con master en productividad empresarial, gomina en el pelo y sueldazo de escándalo se había introducido en RENFE para ahorrar costes con la automatización y echar a la calle a cientos de padres de familia (a pesar de tratarse de una empresa pública gestionada por un gobierno que dice que quiere combatir el paro)

Una vez debía tomar un cercanías a Oropesa y como no me fiaba me pasé antes por el apeadero y comprobé que efectivamente el tren paraba en El Puig. Pero la máquina automática, inexplicablemente, no tenía botón para comprar billete a ese destino. Llamé al servicio de atención al pobre cliente y el señor me aconsejó que subiera sin billete y una vez a bordo buscara al revisor. Le pregunté si en serio me estaba proponiendo que saltara los rulos con riesgo de que el guardia de seguridad me partiera la cara sí antes no me la rompía yo mismo en el intento y ahí concluyó la consulta.

Pero las cosas siempre se pueden 

poner peor. En la primavera de 2016 debía asistir a la consulta de un terapeuta y mientras lo esperaba me di cuenta de que el tren ya no pasaba cada media hora, sino de hora en hora, por lo que, viendo que no podría llegar a tiempo, después de haberle donado a la máquina tragaperras cinco euros tuve que coger el coche y pagar quince de parking más la gasolina. Luego me enteré de que pasarían años antes de que se restableciera el ritmo habitual porque el cambio se debía a que están trabajando en las nuevas vías del AVE entre Valencia y la capital de la inminente República Catalana. Así que me hice a la idea de que las condiciones definitivamente habían cambiado y el cercanías ya no daba ya un servicio que mereciera ese nombre. 

  
Entonces, con el entusiasmo bajo cero, me tuve que transformar en cliente de algo llamado FERROCARRILES DE LA GENERALITAT VALENCIANA, lo que exigía coger el metro en el pueblo de al lado previo breve trayecto en coche. 

En julio de 2016 viví episodios angustiosos con motivo de que la máquina tragaperras del metro estaba averiada y tampoco allí había humano alguno que vendiera billete o aconsejara qué hacer. La primera vez que no pude conseguir un título de transporte quedé muy desorientado y sin saber cómo comportarne. Recuerdo haber subido al vagón y haber vuelto a bajar, horrorizado ante la perspectiva de verme encerrado en la estación de destino (en esta estación de periferia no hay rulos), para terminar viajando en coche (otros cinco euros a la basura + parking)

Al día siguiente necesité viajar de nuevo pero antes hacerlo me preocupé de llamar al servicio de atención al pobre cliente para plantear mi duda por adelantado. El señor me dijo lo mismo que el genio de la lámpara de RENFE: Que subiera sin billete y lo comprara al llegar a Xativa (estación centro) porque allí sí que había personal. Lo hice y viajé tranquilo, pero mi tranquilidad se esfumó al comprobar que en las caras y futuristas instalaciones acristaladas de la estación de Xativa sólo había aire y desde luego nada con ojos, orejas o voca. Como un León enjaulado me sentí (bueno, perdón por la presunción. Pongamos para los susceptibles como un pato enjaulado) y ya estaba a punto de buscar en Google el teléfono de la atención al pobre cliente cuando uno que iba oír allí me vio titubear, resultó que era de la casa y me ayudó.

Escribí una queja a ese señor que vive en el palacio de la Generalitat debajo de un peluquín, que trabaja de presidente y que se llama Chimo y se apellida Puig. Chimo aquí significa Joaquín, por lo que esto es como sí a mí, siendo presidente en algún mundo soñado (de pesadilla quiero decir) me llamaran solemnemente el presidente Pepe Ortega o al Papa Francisco el Papa Paco Bertoglio. Al hombrl ése le preguntaba si su forma de luchar contra el paro era dar a las máquinas las funciones que antes habían tenido asignadas los trabajadores, y como esperaba me respondió con una homilia breve e insulsa.

La llegada de agosto no sólo me alivió porque podría descansar sino también porque no tendría que coger más metros ni trenes durante un tiempo, pero llegó septiembre como llega todo, y me enfrenté a la evidencia de que en términos prácticos para mi vivir en el Puig era lo mismo que vivir en Huesca. 

No obstante mi terror psicológico, el viaje inaugural fue un completo éxito porque la máquina funcionaba por fin , y todo fue como una seda.

Pues bien, la razón de escribir esta breve pieza literaria es que ayer mismo recibí la terrible noticia de que debía visitar al dentista a las seis de la tarde para una limpieza de boca, por supuesto en el centro de Valencia. Terrible no porque me asuste su sillón, en el que repetidamente me he quedado dormido mientras me hacían diabluras, sino porque tenía déficit de sueño, estaba agotado y los plazos judiciales me comían por los pies aparte de que debía dedicar mucho, mucho tiempo y energía a luchar contra las fuerzas del mal en Bajo la Cuesta Candelaria)

Sin tiempo para echar una cabezada y bastante cansado, a las 5 me fui a mi metro y en el viaje comencé más o menos cómodamente a contestar una demanda de desahucio. Bajé en el centro, subí las escaleras muy confiado y esperanzado en poder salir y me aproximé a los controles mecánicos, que aquí son puertas que se abren lateralmente. Delante de mi venían unas chicas y cuando ya se disponían a pasar, una de ellas se detuvo a beber de su botella de agua. A vista de ello me adelanté billete en mano y lo aproximé al lector, pero de pronto la dulce criatura apareció delante de mi y marcó su billete al mismo tiempo que yo. El pito sonó dos veces en una fracción de segundo, una al leer su billete y la otra al leer el mío. La simpática personita se me había metido delante y salió. El medio segundo que siguió lo dediqué a pasar mi billete de nuevo pero la puerta no se abrió y en el visor apareció un mensaje que decía BILLETE REUTILIZADO. Me encontré perfecta y totalmente encerrado y mi mente, que al principio no entendía, tardó un poco en darse cuenta de lo que había sucedido. 

  
Había allí una oficina se cristal para el personal de atención al cliente. Perfecta excepto por el hecho de ser una oficina para personal sin personal. Quienes debían estar ahí dentro para resolver problemas como el mío posiblemente se encontraban viendo la tele en el sofá y bebiendo cerveza mientras disfrutaban de la prejubilacion o quizá en la cola del paro, no sé.

 Busqué en vano un teléfono de emergencias y después, con el mismo resultado, un interfono donde poder pedir auxilio: Nada. Sólo paredes lisas que de pronto me parecían las de una tumba egipcia perfectamente sellada o puede que un manicomio de la antigua URSS para disidentes políticos.

Ningún empleado de la casa deambulando. Nadie a quien acudir. Traté de buscar en Google el teléfono de la empresa pero allí no sólo no había personal, ni teléfono o interfono de emergencias: Tampoco había casi internet móvil.

Esta vez sí que estaba encerrado y eché de menos, y por estricto orden jerárquico, varios accesorios. En primer lugar algún martillo de cantero para acariciar tiernamente la jaula de cristal y las puertas cerradas. Luego un lanzallamas para refrescar el ambiente ( pensaba especialmente en el peluquín del Molt Honorable Presidente Joaquin) , y quizá más tarde algo parecido a una granada de mano para celebrar anticipadamente las fallas.

Llamé a Vanesa, que trabaja conmigo, y milagrosamente aún estaba en el despacho. Ella avisó a estos desgraciados de Ferrocarriles de la Generalitat para que vinieran a sacarme. Después hablé con el dentista, que me dijo que no podían esperar más porque tenían otro paciente en seguida . Me cambiaron la cita para hoy a las diez y yo me volví al Puig como había venido, no sin antes llamar de nuevo al despacho para que Vanesa transmitiera a nos auxiliadores el mensaje de que en lugar de venir a la estación a salvarme, cambiaran el trayecto y se fueran a la mierda.
TERCER ACTO. ABOGADO CON OJERAS

Había salido a las cinco de mi casa en el paraíso rural y llegué de vuelta a las siete, no muy feliz precisamente, y bastante agotado física pero también mentalmente al haber dilapidado todo ese tiempo haciendo el idiota y sin escribir, salvó el rato del desahucio. Necesitaba comida pero francamente cumplir con los plazos judiciales era más urgente y subí al ático para entregarme a mis deberes aunque fuera a cuatro patas.

Quizá hayáis oído que los Mac están libres de virus. No lo creáis. El mío está a rebosar y paso más tiempo mirando el reloj de arena que trabajando en él. Pero sea como sea conseguí terminar mi desahucio a y luego me puse a escribir una carta cariñosa a los concejales del equipo de gobierno del ayuntamiento de Candelaria. La publicación de la carta en mi blog de costas marítimas se prolongó y me fui a dormir a las dos, pero bastante preocupado porque aunque ordinariamente estar en el dentista a las diez no es un problema sobrehumano, a mi me parecía ya como una misión a Afganistán y realmente no tenía ni idea de qué medio de transporte iba a elegir. Desde luego no el coche porque después tenía que hacer más cosas y el precio del parking podría ponerse impertinente.

Para colmo . no tenía más remedio que escribir hoy un recurso de amparo (que ya se que no se admitirá a trámite). 

Si la nenita no hubiera decidido pararse a beber su agua y luego no se hubiera metido delante de mi, habría tenido una mañana plácida con tiempo para todo, porque mi otro compromiso en el centro era a mediodía . Ahora me veía enfrentado a una jornada infernal, habiendo dormido como cinco horas y teniendo que escribir el recurso en cafeterías, en malas condiciones y con posibles problemas de batería en el iPad. La cría pasó y se fue feliz a su Zara o a su Mango para comprarse quizás un bikini y a mi me dejó esa herencia. 

Puse el despertador a las ocho pero o no sonó. A las nueve menos diez abrí los ojos y me quedé espantado pensando en lo mal que iba a quedar con mi dentista . Corrí, y a las nueve y cuarto estaba en la calle y me fui a coger de nuevo el metro. Al llegar las puertas de la estación centro me cuidé de distanciarme de otros usuarios y con extraordinario éxito pude marcar el billete en solitario y las puertas se abrieron para mi a tiempo para mi cita. 

Lo demás no importa mucho. Conseguí terminar mi recurso, pero con ojeras y angustia. No es culpa de la chiquilla. Es culpa, por este orden, de FERROCARRILES DE LA GENERALITAT VALENCIANA por no tener personal ni medios de auxilio, del Molt Honorable President Joaquin, por ser un socialista de pacotilla que compra máquinas y echa a la calle a los humanos y sobre todo del capitalismo salvaje, al que debemos la deuda soberana, los recortes y la penuria. 

José Ortega 

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Una respuesta to “LA CHICA QUE BEBIÓ DE SU BOTELLA. DRAMA URBANO EN TRES ACTOS”

  1. nerjeño said

    Magnifica novela corta autobiogr’afica. O no tan corta< pero en cualquier caso magnifica, y que podría servir de guión para una película de exito como en su día lo fué " LA CABINA " , magistralmente interpretada por Jose Luis Lopez Vazquez .

    Estoy seguro de que mi Madre de 87 años ( a pesar de lo cual está hecha un pimpollo ) que vive en Gijón, y tambièn utiliza con frecuencia los trenes de cercanìas como medio de transporte se sentira totalmente identificada con el relato, y a pesar de que lee con dificultad, lo devorara en cuanto comience la lectura de los primeros parrafos.

    Simplemente genial.

    A ver si de una vez se enteran todos los Chimos que tienen mando en plaza, de que las maquinas deben estar al servicio de la gente y no la gente al servicio de las mquinas.

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