UN DÍA CUALQUIERA

marzo 13, 2014

@abogadodelmar

Lluvia, viento y frío, todo repentino. Miraba por los cristales desde el interior del tren de cercanías pensando lo bonito que sería no tener que salir esa misma tarde para Alicante con la finalidad de asistir al día siguiente a la declaración de una imputada a la que hace dos años le puse una querella por estafa procesal.
La mañana había sido de aupa, incluyendo la llamada de una periodista que me pedía que le informara sobre el nuevo reglamento de costas, que acababa de salir el día antes a información pública y que tiene casi doscientos artículos. Con el café había estado repasándolo a toda prisa y en mitad de la comida tenía que alternar los mordiscos a la ensalada con mis conclusiones provisionales para la periodista.
Durante el breve paseo del tren a mi casa, el paraguas no impide que mis pantalones se humedezcan hasta el extremo de tener que quitármelos nada más llegar. Lo hago y me reclino una pizca en la cama porque estoy molido como casi siempre. Mi necesidad casi física de quedarme en casa mientras afuera golpea la lluvia helada crece por momentos, pero después de unos cinco minutos de duermevela me levanto dispuesto a iniciar mi viaje. Sin embargo, la lluvia se ha vuelto más violenta y concluyo que no es prudente salir a la carretera en esas condiciones.
A las nueve de la noche, cuando por fin ha despejado, el cansancio no me deja ponerme al volante y decido levantarme a las seis para estar en los juzgados de Alicante a las nueve. A las once ya estoy durmiendo, pero la difícil digestión de un trozo de bizcocho me despierta a las tres y sé que recuperar el sueño me va a ser difícil, así que al cabo de un rato decido invertir las siguientes dos horas en la conducción y no en dar vueltas estérilmente en la cama.
Ducha, afeitado, corbata y al coche, pero con una manta polar que alguien me había regalado en 2009. Arranco a las cuatro y cuarto y coloco en el lector el cd de audio libros que acabo de grabar. Me doy cuenta de que me he confundido y en vez de traer conmigo el cd de autoayuda he cogido por error uno que contiene un estudio de impacto ambiental. Pero me queda el otro: Audio libros de terror. Escucho el primero mientras ruedo por la circunvalación pero es tan malo que paso al siguiente antes de que acabe. Es de Poe y lo escucho con atención hasta su final, pero no lo entiendo. El siguiente va de enterrados en vida y apago el lector sin dar oportunidad a más.
Sólo se ven camiones en la autovía negra y desolada mientras inició una larga y espero que fructífera conversación con mis órganos internos, hasta que a las seis y veinte llego a Alicante en la confianza de que ese diálogo sea como el final de Casablanca, el inicio de una hermosa amistad.
Dios premia a los intrépidos y encuentro un aparcamiento justo al lado del juzgado. Saco la manta polar, reclino el asiento y me quedo listo hasta las ocho y media. Tengo que ver a una abogada a primera hora y el camarero se extraña de que le pida sólo un cortado, sin tostadas de mantequilla o afín. No sabe que, oculto en mi casa y cuando nadie me veía, había estado fabricando galletas de quinoa y lino y al bajar del coche me he comido dos. Por fin algo de nutrientes en lugar de la harina blanca, que como dijo un psiquiatra aleman, debería usarse como engrudo para las paredes.
El juez es un tío entero y cabal. Se le ve centrado. La imputada es más falsa que Judas y cuando la pongo en aprietos en el interrogatorio opta por un llanto fingido que resulta patético. Consigo que meta la pata en un asunto clave y eso me da alas para que pague todo el mal que ha hecho con su avaricia y su bajeza.
Mi tía de mas de 85 años no perdona que no haya ido a dormir anoche a su casa, como estaba previsto, y me espera con lo que yo creía que era un cafelito y en realidad es un plato de fruta, otro de ensalada, otro de tortilla de espinacas y efectivamente el cafelito, sólo y sin azúcar. A terminar me enseña su bici estática y pedalea un poco para hacerme una demostración. Le pregunto si no le aburre ese ejercicio, en el que emplea media hora diaria y me dice que no mirándome a los ojos fijamente y con un pelo de misterio. A continuación añade: Es que mientras le doy a los pedales rezo el Rosario.
Salgo pitando para Valencia y llegó directamente a la Universidad politécnica para intervenir en un acto sobre hidrocarburos que sale bastante bien. A las ocho me voy a casa y llego medio muerto pensando no en el fin de semana reparador que debía aguardarme, sino en que me espera una cena con el ministro Cañete (y 200 personas más) y dos días encerrado en el antiguo hotel Hilton, respirando una atmósfera viciada en el marco de un seminario donde además me toca de ponente.
Terminado este fin de semana que debería haber sido de descanso o bien de festejo fallero, a elegir, no tendré ni la paz del despacho ni tampoco ocasión de meterme dos cervezas de fiesta, porque toca salir para Madrid, ya que el martes tengo bolo en la Audiencia Nacional.
Ya no llueve. De hecho, he visto en el cielo una luna casi llena.
Con esta sensación de algo así como el deber cumplido, reparo en que los abogados trabajan habitualmente para cobrar. Yo fui a Alicante en esas condiciones tan duras por hacer un favor a una persona que lo necesita y merece. Le estoy llevando el asunto por el morro, como quien dice.
Es pura casualidad que fue esa misma persona la que unos años antes me había regalado, un día de mi cumpleaños, la manta polar con la que está madrugada me he protegido del frío.

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2 comentarios to “UN DÍA CUALQUIERA”

  1. aurora said

    Me alegro de haber compartido unos momentos de la agotadora jornada contigo. Y que la declaracion en el juzgado haya servido, para ajustar y saldar cuentas pendientes que tenia la amiga que te regaló la manta.
    Ciertamente no envidio tu jornada, o quizas si. Que a ti, si te haya sido satisfactoria. Saludos

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