HAPPY BIRTHDAY, SIR (UNA CRÓNICA INÉDITA DE HONOR MILITAR)

noviembre 28, 2012

 

FRAGATA MAGALLANES PINTADA POR JOSÉ ORTEGA MARTÍNEZ

@abogadodelmar

¿Engañó a Franco el Almirante de la Comandancia General de Canarias en noviembre de 1967? ¿Podrían haberle costado un Consejo de Guerra los honores militares que rindió al considerado en cierto sentido como el enemigo? ¿Quién y cómo consiguió que los Oficiales de Marina de la Suecia socialista y la España fascista se saludaran como buenos camaradas? ¿Quién y cómo consiguió que un ayudante del Rey de Suecia brindara por la misma España que por orden de Franco había decidido negarle ayuda?

Puede que lo que cuento aquí sea material clasificado (es decir, que esté recogido en archivos secretos de la Inteligencia Naval) o puede que no, cualquiera sabe en un país como el nuestro donde lo nimio es encumbrado y lo importante ignorado, entre otras cosas. En todo caso lo cuento porque me apetece y en cierto sentido creo que debo hacerlo.

He esperado a hoy para escribir este post. He esperado ocho meses porque tenía que ser hoy. Para entender por qué es preciso leerlo, pero no hace falta que lo hagan los que piensen que el honor ha perdido importancia, que la dignidad está pasada de moda o que el amor al trabajo bien hecho es cosa del pasado. Que no lo lean tampoco los que piensan que un militar es un tarado por el mero hecho de serlo, los que no sientan curiosidad por saber cómo es la vida en un barco de guerra,  quienes sean incapaces de leer sin vomitar la expresión Generalísimo Franco y quienes recelen de las crónicas belicistas. De hecho esta es una historia de paz protagonizada por sujetos armados.

Los hombres buenos no se definen por su profesión, su nacionalidad o su ideología. Lo mismo que la idiotez congénita, la hombría de bien va más allá de banderas y uniformes. Es más importante ser bueno, digno y honrado que ser español, sueco o ruso. Ésta es también una crónica de hombres buenos, dignos y honrados.

Hay militares que supuestamente engrandecieron el nombre de España matando a otros militares de otros países. Así hicieron que España fuera temida. Hay también muchos militares, lo mismo que civiles, que ensancharon el nombre de España sacando lo mejor en situaciones difíciles y dando ejemplo de dedicación, disciplina,   abnegación, sentido del deber y trabajo bien hecho. De esa manera hicieron que España fuera respetada. Son éstos últimos los héroes cotidianos que sostienen la imagen y el crédito de un país. Este post es también una crónica de héroes cotidianos y modestos.

Abuso conscientemente del término España. Se trata de una tierra desafortunada, mal gobernada y llena de imbéciles, tramposos, traidores y envidiosos a la que amo. La mayoría de las veces me da vergüenza ser español, pero ese amor me temo que es como es y no me apetece ni analizarlo ni racionalizarlo.

Sólo hay algo que el autor de la crónica no menciona. También yo subí por la plancha y estuve a bordo de aquel barco de guerra sueco. Acababa de cumplir nueve años y ya entonces dibujaba sin parar. El Oficial Jefe de Tiro creo que fue el que se empeñó en que escribiera una carta a su hija de mi misma edad  y como estaba muerto de vergüenza y no me salía nada, hubo consenso en que sustituyera el mensaje por el dibujo de un vikingo, algo que se me daba bien.

El hombre que escribió esta crónica no quería que se difundiera. El texto forma parte de sus memorias, que escribió sólo para la familia y los íntimos. Pero hoy, después de encenderle una vela, desobedezco sus instrucciones. Ahora ya no me puede reprender por ello. Pasó al otro lado el 16 de marzo, dejando espacio libre para otros héroes que hicieran de este mundo un sitio mejor para todos.

La foto dedicada del viejo buque de guerra sueco está ahora en mi despacho. También yo, ante ella, he repetido hoy aquellas palabras: Happy birthday, sir. Este post es mi último regalo de cumpleaños.

HAPPY BIRTHDAY SIR (UNA CRÓNICA DE HONOR MILITAR)

FRAGMENTO DE LAS MEMORIAS DE JOSÉ ORTEGA MARTÍNEZ

 

En la agradable y soleada mañana del 23 de noviembre de 1967, mientras estaba enfrascado en mi rutina a bordo del Magallanes, me dijo el Segundo que fuera rápidamente al Estado Mayor porque tenía una comisión de enlace, lo que no me extrañó porque era algo que ya tenía por costumbre.

Me cambié el uniforme gris de faena por el blanco de paseo y en pocos minutos estaba en la Sección de Inteligencia del Estado Mayor de la Comandancia General, donde su jefe, el Capitán de Corbeta don Fernando Gómez-Pamo (que era el Segundo Comandante del “Magallanes” cuando yo embarqué) me recibió sin pérdida de tiempo y me informó de que estaba nombrado Oficial de enlace para el Albsnaven, un  buque escuela sueco que llegaba esta tarde a las seis. El barco tenía una avería y entraba de arribada.

Ciertamente estas comisiones siempre se avisan con tiempo. Se prepara con días de antelación el programa de visitas protocolarias y el calendario de actividades si ha de haberlas, pero en esta ocasión no hubo tiempo para nada de eso. Seguidamente Gómez-Pamo me amplió la información y me dio instrucciones detalladas para la comisión:  “Se trata de un buque escuela de la Armada sueca, que no tenía programada entrada en ningún puerto español. Por razones políticas, las relaciones entre los gobiernos español y sueco están algo tirantes. El Gobierno sueco ha denegado la entrada a Suecia a nuestra Escuela Superior de Guerra en viaje de fin de curso por Europa. En consecuencia este buque, en viaje de estudios de guardias marinas de la Escuela Naval sueca, ha planeado su viaje con escalas en un puerto inglés, en Lisboa, y en Dakar, evitando a toda costa  hacer escala en puerto español.  Sin embargo el destino les ha jugado una mala pasada y se han visto obligados a solicitar su entrada en Las Palmas, puerto más próximo para  reparar al parecer, una seria avería. Desde Madrid se han cursado instrucciones para que se les dispense un trato cortés pero frío (estas fueron literalmente las palabras). No habrá facilidades en el Arsenal para reparar ni aun para atracar. Si tienen que reparar lo harán por su cuenta con la industria privada y atracarán en el muelle comercial. En el caso de que se hagan a la mar, antes de la una del medio día de mañana no habrá visitas protocolarias. En caso contrario, de acuerdo con el horario que se te entregará a continuación, se harán las visitas de rigor al General Jefe de la Zona Aérea, al General Gobernador de la Plaza y al Vicealmirante Comandante General de esta Zona Marítima, y devolución de estas visitas, también de acuerdo con el horario previsto. ¿Ha quedado todo suficientemente claro? Pues adelante y buena suerte”.

Como es natural, esta información era estrictamente confidencial. Se me asignó un Opel Rekord del último modelo, con su chofer, que quedaba a mi entera disposición durante el tiempo que durase la comisión, algo habitual pero no con un vehículo de tan alta gama.  Para los que no estén al corriente de lo que es la vida militar debo aclarar que mi graduación de Teniente de Navío era demasiado modesta para un coche oficial de esta categoría y representación. Está claro por lo tanto, que el coche era el del Oficial de enlace de la Marina de Guerra Española, y a esta última es a la que se prestigiaba con él.

A partir de entonces quedé relevado de todas mis obligaciones en el Magallanes para acometer, con el mejor de los propósitos y con mucho tacto por las condiciones especiales del caso,  el desempeño de una comisión que yo intuía plagada de dificultades.  Me fui a casa y puse al corriente a Pepita, que se puso en movimiento pare que esa tarde yo me presentase en el buque sueco hecho un figurín. Con la anticipación suficiente vino a recogerme a casa el coche oficial y me fui para el muelle del Generalísimo, donde había de atracar el buque. A pesar de estar en pleno mes de noviembre disfrutábamos del clima bonancible y templado de las Islas Afortunadas. Allí, vestido del uniforme blanco impoluto, con guantes y sable incluido como entonces era preceptivo, esperaba en el muelle la llegada del buque sueco. Poco tuve que esperar. Pronto apareció y con la parsimonia y seguridad con que los barcos efectúan esta maniobra, quedó atracado y tendida la plancha al muelle.

Subí a bordo y tras pisar la cubierta y dar frente a popa saludando a su bandera, me presenté al Oficial de mayor graduación que allí había, que resultó ser el Segundo Comandante. Le dije que era su Oficial de enlace y que durante su estancia en puerto estaría a su disposición para solucionar cualquier problema, así como para acompañar al Comandante en las visitas protocolarias a las autoridades. Me dio las gracias y la bienvenida a bordo y me acompañó a saludar al Comandante a su alojamiento.

El Comandante, Capitán de Navío Lennardt Ahreen, se mostró muy atento, me dio las gracias y quiso agasajarme enseguida, ofreciéndome un café y unas pastas. Seguidamente me contó los problemas que tenía, que por cierto eran bastante serios. El barco era un minador de buen tamaño adaptado para buque escuela, y tenía cuatro generadores eléctricos. Uno de ellos se había quemado por completo. Los otros tres amenazaban con seguir el mismo camino, pues estaban recalentados y ya empezaba a oler a quemado el aislante de los conductores. En otro orden de cosas, llevaban un guardiamarina enfermo y se requería su evacuación inmediata por avión a Suecia.

Como primera medida se esperaba que esa madrugada llegase por avión al aeropuerto de Gando un ingeniero sueco para hacerse cargo de la reparación. El Comandante Ahreen me preguntó si contaba con medio de transporte para ir a recogerlo, con el Segundo y el Jefe de Máquinas. Como yo tenía el coche para estas cosas, entendiendo que eso entraba en el apartado de la “fría cortesía”, le dije que sí y quedamos de acuerdo en la hora en que pasaría por el barco a recogerlos y salir para Gando. Le hablé entonces de lo que se había dispuesto sobre visitas protocolarias o su eventual salida antes del medio día siguiente y él me contestó que habría que esperar el dictamen del ingeniero, aunque suponía que tendría que permanecer en puerto varios días. Una vez aclarados los temas más urgentes, me rogó que me quedara a cenar con él, a lo que accedí por considerarlo una obligación (El Oficial de enlace pasa a depender por entero del Comandante del buque visitante, con obligación incluso de dormir a bordo si fuese necesario).

Los alojamientos del Comandante eran amplios, bien decorados y amueblados. Aparte del dormitorio y el baño había un comedor y una salita, también espaciosa y cómoda que era donde habitualmente me estuvo recibiendo durante su estancia en Las Palmas.

A la cena asistieron demás del Comandante, el Segundo, el Teniente de Navío  director de tiro, un caballero de Las Palmas Cónsul de Suecia llamado don Luis Ley Gracia y por fin el Vicecónsul, quien sí era de nacionalidad sueca. Durante la cena se generalizó una agradable conversación entreverada con los mudos brindis que ellos acostumbran a hacer. Esporádicamente un comensal toma su copa de vino y espera que lo mires. Entonces la levanta ligeramente, mientras hace una ligerísima inclinación de cabeza sin dejar de mirarte. Tu debes hacer lo mismo, correspondiendo a esa distinción y en ese momento ambos comensales toman un ligero sorbo. Según las normas de cortesía, en otro momento se debe corresponder al otro comensal con el mismo ceremonial. Teniendo en cuenta que esto se hace con todos los comensales varias veces durante la cena, es de agradecer que el ritual obligue solo a tomar un pequeño sorbo cada vez.

Durante la conversación, el Comandante no tuvo inconveniente en comunicarme su curiosidad por el hecho de que yo pareciera algo mayor de lo normal para mi categoría de Teniente de Navío. Le expliqué que exactamente dentro de cinco días cumpliría cuarenta y tres años, aclarando también la circunstancia de haber pasado por la Escuela Naval después de haber sido Suboficial.

Terminada la cena fui a casa para ver de descansar algo antes de salir de madrugada para Gando. Alrededor de las tres y media, recogí a bordo a los dos Oficiales y salimos para el aeropuerto.

El ingeniero sueco dictaminó que había que bobinar los cuatro generadores. El Comandante me preguntó si eso se podría hacer en el Arsenal, a lo que en cumplimiento a las instrucciones recibidas, contesté que tal no era posible por estar efectuándose en él otras reparaciones urgentes para buques de nuestra Marina. Así las cosas me pidió que lo pusiera en contacto con alguna empresa privada para que hiciera el trabajo y localicé a Astilleros A.S.V.S.A., que se comprometió al bobinado aunque con la condición de recoger y entregar los motores a pie de barco.  La siguiente necesidad fue disponer de una grúa, a fin de sacar los equipos (de un tamaño y peso respetables) y ponerlos en el muelle sobre los camiones. Les procuré a este fin una de Obras del Puerto.

Quisieron disponer de un teléfono, que les gestioné en Telefónica y fue rápidamente instalado. También me ocupé de procurarles el billete de avión para trasladar a Suecia al guardiamarina enfermo.  Igualmente atendí a su petición de establecer contacto con una agencia de viajes a fin de organizar para la marinería una excursión en autobús por la isla.

El duro trabajo de desmontar y montar de nuevo los cuatro generadores, así como el desembarco y embarco de los mismos lo efectuaba el personal del barco, con guardiamarinas y Oficiales de máquinas a la cabeza. El domingo día 26 estaban desmontando uno de ellos y no podían seguir trabajando porque necesitaban una herramienta especial que no tenían (un extractor o algo por el estilo).  Como el trabajo era urgente, para que el lunes a primera hora estuviera el generador en los astilleros, me consultaron si podía hacer algo para conseguirla. Cuando escribo esto a veintiún años de distancia, no recuerdo cómo ni de donde la saqué, pero la conseguí, a pesar de ser día festivo.

A todo esto, volviendo al orden cronológico, al día siguiente de la llegada del  Albsnaven y a vista de que no se podían hacer a la mar, en cumplimiento de los planes establecidos por la Comandancia General hubo que hacer las visitas de protocolo. El Comandante sueco era un caballero en toda la extensión de la palabra y uno de los ayudantes personales del Rey de Suecia, según me dijo él mismo (el Comandante, no el Rey claro está). El Rey tenía doce ayudantes personales cada uno de los cuales pasaba un mes de cada año a su servicio y once en su destino en las fuerzas armadas.

Cuando recogí al Comandante para efectuar las visitas estaba irreprochablemente vestido con uniforme blanco de tergal, creo que hasta almidonado y cubierto de condecoraciones. Como en el año 1967 no habíamos accedido todavía en nuestra Marina a los uniformes de ese tejido, yo iba con mi uniforme blanco de algodón pero eso sí, muy limpio. Limpio hasta de condecoraciones, porque aunque yo poseía por entonces un par de cruces a la constancia, la uniformidad prevista para estos casos no incluía su uso.

Las visitas se llevaron a cabo con normalidad, lo mismo que las devoluciones de las mismas. Al menos eso era lo que yo creía. Me pasaba de vez en cuando por el Magallanes, simplemente a dar testimonio de mi presencia física porque nada tenía que hacer allí, al menos por obligación. Entraba en la Cámara de Oficiales, charlaba un rato con mis compañeros, saludaba al Comandante y al Segundo y comentábamos como iba el asunto de los suecos y alguna anécdota que surgiese. El día siguiente a las visitas de protocolo fui por la mañana al Magallanes. Recuerdo que el comandante de la guardia era mi compañero de promoción, Manuel Gómez Castelao, quien me recibió con esta frase: “Hombre, precisamente el Segundo me acaba de decir que quiere verte. Creo que el Almirante le ha dicho que te eche un “rapapolvo” de su parte”  Yo me lo tomé a broma ya que no imaginaba ningún motivo para ello. Sin embargo él insistió: “Vete a ver al Segundo porque va en serio”.

Lo primero que me dijo el Segundo al verme fue: “Oye, me ha dicho el Almirante que te reprenda, porque ayer fuiste a la visita con el Comandante del Albsnaven con el traje arrugado y sin afeitar”.

Me dejó frío, pues ni remotamente me esperaba semejante cosa. Le contesté que yo no llevaba el traje arrugado, sino recién planchado y limpio, pero como había quedado después de sesenta kilómetros sentado en el coche en el viaje de ida y vuelta a Gando, ya que al regreso no había tenido tiempo de cambiarme. Y que por el mismo motivo me había afeitado a las tres de la mañana con máquina eléctrica y es posible que teniendo la barba cerrada se notara algo, pero de ningún modo iba sin afeitar. Y que desde luego mi aspecto no podía ser como el del Comandante sueco que acababa de salir de la ducha y ponerse el traje de tergal almidonado. El Segundo, Capitán de Corbeta don  Emilio Arévalo Pelluz, me dijo: “No te preocupes. Yo lo comprendo perfectamente, pero el Almirante me había ordenado que te lo dijera y yo he cumplido. Olvídalo.”

De momento así quedó la cosa, pero a pesar de la “vaselina” utilizada para comu-nicarmelo, me dejó muy mal sabor de boca, porque creo que era una injusticia y estaba dispuesto a hablar del caso con el Almirante en la primera ocasión, naturalmente con muchísimo respeto, cuidado y diplomacia.  No es que tuviese a menudo conversaciones privadas con él, pero alguna vez con motivo de alguna celebración, con reunión y copas, se había presentado la ocasión de dialogar en ambiente distendido.

El lunes 27 ya estaba todo en marcha y viento en popa. La reparación iba muy adelantada y el guardiamarina enfermo ya estaba en Suecia.  Ese día, cuando llegué a bordo, fui recibido con los honores de siempre, pitada larga del Contramaestre y el Oficial de guardia en el primer tiempo del saludo militar. Al ser recibido por el Comandante Ahreen, me sorprendió diciéndome lo siguiente: “He decidido ofrecer mañana una comida a bordo al Almirante y a las personalidades de Marina que usted estime oportuno que deban asistir. Ahí tiene esos tarjetones y esa maquina de escribir. Extienda las invitaciones al Almirante y a las personas que crea conveniente y haga que lleguen a sus destinatarios hoy mismo.”

Esta decisión me dejó en una situación que yo intuía muy difícil por aquello de las instrucciones recibidas de Madrid sobre el trato cortés pero frío. Pero naturalmente, no le podía decir que la invitación era inoportuna, porque eso sería pasar a la grosería, incluso a la ofensa personal. Por otra parte yo ya había tratado a este Comandante algunos días y había notado que era una gran persona, muy humano y como he dicho todo un caballero. De todos modos, y por lo que pudiera pasar, se me ocurrió decirle que el Almirante tenía muchos compromisos y que dado el escaso tiempo que mediaba entre la invitación y la comida, no era seguro que pudiese asistir, aunque en tal caso le enviaría a algún jefe en su representación.

De manera que me puse a rellenar las invitaciones. La primera, como es lógico la del Almirante. A continuación se me ocurrió que deberían asistir el capitán de Navío Jefe del Arsenal, el Capitán de Navío Comandante de Marina y los Comandantes de los buques surtos en el puerto, es decir el Magallanes y el Tofiño.  El Cónsul don Luis Ley Gracia y el Vicecónsul fueron invitados directamente por el Comandante Ahreen.

Acto seguido, dadas la premura y las circunstancias, ya que suponía que se me pedirían explicaciones,  me fui a entregar las invitaciones personalmente. En primer lugar las que me cogían de paso. Las de los Comandantes del Magallanes y del Tofiño fueron acogidas con agrado. La siguiente la entregué al Capitán de Navío Heras, jefe del Arsenal. Éste jefe era hombre adusto, de muy baja estatura y poco dado a las cordialidades. Cuando leyó la invitación se me quedó mirando un momento muy serio y secamente me dijo: “Y esto, ¿a santo de que?”,  a lo que  contesté: “Mi Comandante, yo no lo sé. Cumplo lo que se me ha ordenado”. No di más explicaciones porque no era a él a quien debía darlas y porque este hombre no era de los que hacen fácil la confidencia.

Tras entregar la suya al Comandante de Marina, me dirigí a la Comandancia General a entregar su invitación al Almirante en la persona de su ayudante personal, Capitán de Corbeta Adeler, quien me dijo: “Espera un momento, que me supongo que el Almirante querrá hablar contigo.” Eso mismo es lo que yo también me suponía.  Efectivamente, poco después se abrió la puerta del despacho del Almirante y asomó el ayudante, quien desde dentro me dijo: “Entra”.

El Almirante Sánchez Barcaiztegui se encontraba sentado tras su mesa de despacho y en pie, a su izquierda estaba su ayudante.  Cuando me tuvo delante, el Almirante en un tono que se advertía reprimidamente airado me dijo: “¿Se puede saber a que viene esto? ¿Qué agasajo hemos hecho a este hombre para que corresponda con una comida a bordo?  ¡En buen lío me ha metido usted!”

Estaba claro que temía que se enterasen en Madrid de que había estado confra-ternizando con los suecos, contraviniendo así las instrucciones recibidas. Yo aguanté impasible el chaparrón y cuando el Almirante acabó de hablar le dije:  “Almirante, yo no tengo nada que ver con esto. Yo no he organizado la comida. El Comandante del “Albsnaven” me ha sorprendido esta mañana con su decisión y yo no le iba a decir que no.”

El Almirante respondió: “Sí, es verdad, pero esto me complica la vida, yo no debería asistir a esa comida, pero no veo el modo de renunciar sin ofender a ese hombre”. Entonces le dije: “Almirante, cuando fui nombrado para esta comisión, se me instruyó confidencialmente de las circunstancias especiales que en la misma concurrían y por ello imaginando la situación violenta en que Vuecencia podría encontrarse. He prevenido al Comandante del Albsnaven de que dado el poco tiempo que media entre la invitación y la comida, tal vez a Vuecencia le sea imposible asistir si tiene otro compromiso, pero que en este caso le enviaría a alguien que le represente.”

Estas fueron palabras mágicas que cambiaron totalmente el talante del Almirante. Se alegró mucho al encontrar la forma de zafarse del compromiso y le dijo a su ayudante: “Fíjate Adeler, Ortega lo ha hecho muy bien, le diré al Comandante del Albsnaven que lamento mucho no poder asistir por tener un compromiso anterior con el General Jefe de la Zona Aérea y que le mando a mi Jefe de Estado Mayor en mi representación. ¡Muy bien Ortega, ha tenido una buena idea!”

Inmediatamente me di cuenta de que aquel era el momento que yo había estado esperando y me atreví a decirle: “A propósito Almirante, el otro día mi Segundo me reprendió de su parte, porque Vuecencia le dijo que yo había venido acompañando al Comandante sueco con el traje arrugado y sin afeitar”. Contestó: “Hombre, claro. Venía usted con el traje arrugado. Y no es que viniera exactamente sin afeitar, pero se le notaba algo oscura la barba, como si no su hubiera afeitado bien”.

A esto le contesté con las mismas explicaciones dadas al Segundo de mi barco, pero corregidas y aumentadas. Cuando le dije que me había levantado a las tres de la mañana para ir a Gando con el Segundo sueco, que me había afeitado a esa hora con mi máquina eléctrica, que me había hecho sesenta kilómetros sentado en el coche en el viaje de ida y vuelta, que a la llegada a Las Palmas para cumplir el horario de visitas no había tenido tiempo de pasar por casa para cambiarme el uniforme que me había puesto limpio y planchado antes de salir para el aeropuerto y repasar el afeitado anterior, el talante del Almirante pareció humanizarse del todo y ahora parecía dispuesto a trivializar el tema. El asunto derivó hacia una conversación distendida, casi me atrevería a decir  amistosa. Me preguntó que máquina de afeitar usaba y le contesté que la Philips. “¡Claro, es la que yo uso! -comentó él- y no apura bien. Estoy pensando en cambiarla. Me han hablado muy bien de la “Braun”, ¿Usted la conoce o la ha probado?”. Con este tenor continuó la conversación todavía unos momentos, hasta que abandoné su despacho, ya más tranquilo y con ambos temas aclarados.

El día siguiente por la mañana, como todos los anteriores, me dirigí al Albsnaven. Era el día de la comida conflictiva, por lo que iba yo más limpio, pulido y afeitado que nunca. Al entrar a bordo fui recibido como siempre con la pitada de rigor por parte del  Contramaestre. Una vez a bordo el Oficial de guardia me saludó como siempre: “Good morning, sir” pero esta vez añadió: “¡Happy birthday! sir”. ¡Que exquisita cortesía la de estos hombres!  ¡Era el día de mi cumpleaños y lo había olvidado completamente! Tan embebido estaba con los problemas de la comisión que ni remotamente me acordaba de que cumplía años ¿Y como lo sabía el Oficial de guardia?

Recordé que el día de la llegada del barco, durante la cena, se había hablado de mi edad de forma casual y había mencionado yo que me faltaban cinco días para cumplir cuarenta y tres años. El Comandante debió tomar nota mentalmente y llegado el día dio la consigna a la dotación para que me felicitasen. De hecho el Oficial de guardia no había asistido a la cena.  Pero no acabó ahí la cosa. Durante mi paso por cubierta hacia la cámara del Comandante, todo aquel con quien me crucé, me saludaba de la misma forma: “Good morning, sir, happy birthday, sir”. Parecía como si se hubiese publicado en la orden del día que todo individuo de la dotación habría de felicitarme al encontrase conmigo. Sorprendente y exquisita cortesía la de esta dotación ¡En que buen lugar dejaron a la Marina sueca!

No es necesario decir que el Comandante me felicitó a su vez. Yo le di las gracias por su felicitación y por la de todos los miembros de su dotación.

Acto seguido me pasó al comedor para enseñarme cómo estaba dispuesta la mesa. Estaba excelentemente preparada y adornada con vajilla y cristalería de lujo. Delante de cada cubierto había una tarjeta con el nombre y la categoría del correspondiente comensal. Los asistentes eran: El Capitán de Navío Jefe del Estado Mayor de la Zona Marítima (Quien tiempo después sería Jefe del Estado Mayor de la Armada) don Luis Arévalo Pelluz (hermano del Segundo Comandante de mi barco) en representación del Almirante, el Capitán de Navío Heras. Jefe del Arsenal, El Capitán de Navío Comandante de Marina y los Comandantes respectivos del Magallanes y del Tofiño, así como el Cónsul de Suecia, don Luis Ley Gracia y el Vicecónsul, un sueco voluminoso cuyo nombre no logré retener. Por parte del barco su Comandante, el Segundo y uno o dos Oficiales más. Por último el Oficial de enlace, es decir, yo mismo.

Antes de llegar los invitados, el Comandante me llevó aparte, me entregó un papel escrito a lápiz y me dijo: “Quiero hacer un brindis en la comida y deseo que usted lo lea y me diga si es correcto.”  Leí el pequeño papel y decía así: “Brindo por la Marina de Guerra Española, por España y por la salud y larga vida de Su Excelencia el Generalísimo Franco.”  A mí me pareció que estaba muy bien y así se lo dije. En verdad, dadas las circunstancias del momento y la significación política del gobierno sueco, no esperaba esta alusión al Caudillo.

Poco mas tarde llegaron los invitados y en el momento oportuno cada comensal ocupó el sitio asignado de acuerdo con los dictados del más estricto protocolo.  El ambiente estaba un tanto tenso al principio, porque los Jefes españoles se sentían condicionados por la idea de que aquella comida oficial estaba fuera de lugar. Cuando todos estuvimos sentados y servidas las copas de vino, el Comandante Ahreen se levantó con la suya en la mano y con voz clara, en un español con acento algo raro pero completamente inteligible (del español sólo sabía leer lo que estaba escrito en el papel) alzó su copa y dijo: “Brindo por la Marina de Guerra española, por España y por la salud y larga vida de Su Excelencia el Generalísimo Franco”.

Este brindis dejó completamente sorprendidos a los comensales españoles y se dispuso a contestar el Capitán de Navío Heras, quien apenas sabía unas palabras en inglés y desde luego nada de sueco. Lo natural parecía haber brindado en español y que a continuación alguien lo hubiese traducido al inglés  (o al sueco, que para eso estaban allí el Cónsul y el Vicecónsul).  Yo, que estaba sentado a su derecha, le sugerí discretamentealgo de esto pero él, dado su carácter, me dijo secamente: “Déjeme a mí” y después de preguntarme cómo se decía determinada palabra en inglés (a lo que no se pudo sustraer) se levantó con la copa en la mano y dijo algo muy breve en un pretendido inglés que supongo que no entendieron ni los suecos ni los españoles. Sin embargo todos bebimos porque se suponía que había intentado decir algo halagador correspondiendo al brindis sueco.

Tras estos brindis nuevamente se levantó el Comandante Ahreen con su copa en la mano, y esta vez en inglés y de una forma suelta y espontánea dijo: “Ahora brindemos por nuestro Oficial de enlace, que celebra hoy su cumpleaños.”  Esta vez el sorprendido y abrumado fui yo, que suponía que los cumplidos hacia mi persona habían acabado por la mañana.. A partir de ese momento quedó roto (que digo roto: pulverizado) el hielo, y la comida transcurrió por los cauces de lo más cordiales y agradables. Después del café y los licores, el Comandante hizo aparecer el libro de honor, donde estamparon su firma los invitados ilustres a la comida. Allí firmaron todos y el Comandante les fue entregando una metopa a cada uno, como recuerdo.

Yo, prudentemente, me quedé al margen (no me consideraba tan importante) pero el Comandante Ahreen vino hacia mí y me instó a que firmara en el libro. Como yo me resistí alegando no ser persona importante, él insistió diciéndome: “¡Cómo que no, para mí es usted el primero!” De manera que firmé y recibí mi correspondiente metopa.

El mismo día a última hora de la tarde, cuando me retiraba a casa, fui a despedirme del Segundo, que se encontraba en la Cámara de Oficiales. En la espaciosa estancia, a la luz de unos candelabros, estaba cenando junto a los numerosos Oficiales que formaban parte de la dotación. Pienso que serían tantos por la condición de buque escuela del barco (Aclaración para los profanos en la vida marinera: La cena en los barcos se hace muy temprano). Tan pronto como entré en la cámara, me sorprendieron nuevamente, esta vez cantando todos a coro en inglés el “Cumpleaños feliz”. El Segundo al despedirme, me dio las gracias y dirigiéndose a un florero que había en la mesa, tomó un ramo de claveles y me lo entregó diciéndome: “Para su esposa.”

En la Comandancia General había llegado a oídos del Almirante a través de su Jefe de Estado Mayor, detallada noticia de cómo se había desarrollado la comida del día 28. Según supe de buena tinta, el Almirante había cambiado totalmente de actitud respecto a los suecos. Había dicho: “Como Comandante General de esta Zona Marítima  se supone que no debo agasajar el Comandante del Albsnaven, pero como este hombre es todo un caballero, don Victoriano Sánchez Barcaiztegui lo va a invitar a comer en su domicilio”. Justificándose a sí mismo con éste sofisma, el Almirante invitó a una comida en la Comandancia General (que era su domicilio) al Comandante y Segundo Comandante del buque sueco y al Cónsul y Vicecónsul de Suecia.

Las reparaciones estaban a punto de concluir y se preveía la salida del barco para dos días más tarde. El Comandante, en presencia del Segundo, me dijo: Mañana vamos a tener a bordo una cena de despedida. Le ruego que venga con su esposa”.  Yo suponía que Pepita no estaría muy dispuesta a asistir, de manera que objeté que no tenía con quién dejar a los niños. Pero el Comandante insistió reiteradamente, diciendo que ella no se preocupara, porque iban a asistir otras señoras y no se sentiría aislada. Ante su insistencia le prometí que trataría de solucionarlo.

La cena no tenía carácter oficial pero fue muy tradicional y elegante, con una mesa muy bien dispuesta a la que se sentaron, además del Comandante y del Segundo, dos o tres Oficiales del barco, el Cónsul y Vicecónsul con sus respectivas esposas y dos o tres señoras suecas amigas del Vicecónsul que se encontraban de vacaciones en Las Palmas. La velada transcurrió dentro de un protocolo amistoso y sencillo. Los brindis mudos que ya describí anteriormente se sucedieron durante la cena y finalizada ésta pasamos a la cámara contigua para el café y los licores.

Allí, aprovechando un aparte, me dijo el Cónsul sonriendo: “Anda, que ya va usted listo. No se puede usted figurar lo que el Comandante Ahreen le dijo de usted al Almirante, durante la comida que le ofreció en la Comandancia General. Lo puso a usted verde”.  Naturalmente, por el tono y el talante con que me lo dijo había que suponer que solamente había podido hablarle bien de mí, y aun he de suponer que excesivamente bien.

En esto, el Comandante Ahreen me llamó aparte y me dijo que le gustaría tomar una copa a solas conmigo, porque tenía que decirme algo. De manera que pasamos al comedor donde habíamos tenido la cena, que ahora estaba vacío, me ofreció una copa de jerez y tomando él otra brindamos recíprocamente el uno a la salud del otro. Acto seguido me dijo: “Llame a su esposa, por favor”.  Una vez Pepita con nosotros dijo: “Por favor, tradúzcale lo que voy a decirle” Y comenzó a elogiarme de tal forma que me abrumaba y estuve a punto de sonrojarme por lo excesivo de sus palabras. Repetirlos aquí me parece inmodesto y pretencioso por mi parte. Si a pesar de todo los transcribo es porque, en primer lugar me enorgullecen y en segundo lugar porque paradójicamente esos elogios enaltecen, más que a mí, a la benevolente persona que los formuló: Al caballeroso Comandante Ahreen.

Cuando comenzó mi apología, yo esperaba a que terminase lo que tenía que decir, para traducírselo a Pepita. Pero él, en su exquisitez, suponía que yo, por modestia, omitiría o suavizaría alguno de sus elogios y me exigió que tradujese frase por frase, a fin de que ella no se perdiese nada. “Es usted un magnifico Oficial, –tradúzcaselo-“. “Quisiera yo tener muchos Oficiales como usted en mi barco –tradúzcaselo, por favor-”  Y así a este tenor unos cuantos más.  Ciertamente estos términos me parecieron excesivos y me lo siguen pareciendo, aunque no sería yo un ser humano si no me sintiese halagado. También es cierto que tenía conciencia de haber cumplido bien con mi obligación, pero no es menos cierto que este parlamento me tomó completamente por sorpresa.

Una vez dicho cuanto tenía que decir, nos presentó el libro de firmas de visitantes distinguidos, al que  ya aludí, y nos instó a Pepita y a mí a firmar en él. Yo le recordé que ya había firmado el día de la comida, pero él insistió en que lo hiciera, pues esta firma se refería a la asistencia a la cena. Por cierto, hasta donde yo sé, la única señora que firmó en ese libro esa noche fue Pepita.  Después me obsequió  el Comandante con una fotografía del barco con la siguiente dedicatoria: “Para el Teniente de Navío don José Ortega Martínez, con agradecimiento por su eficaz ayuda. Lennardt Ahreen. 29.11.67.”  No contento con eso, me regaló un librito ilustrado con fotografías, que habla de la Marina Sueca y sus misiones. Este último detalle no es que sea muy importante, pero es indicativo de que al Comandante Ahreen todo le parecía poco para agasajarme.

Durante la sobremesa, y mientras servían el café y los licores, las damas fueron obsequiadas con cintas de gorro de marinero y con un bonito alfiler en forma de ancla chapado en oro.

Al día siguiente, 30 de noviembre, el barco se hacía a la mar a las diez de la mañana. Cuando me presenté a bordo para despedirlo me encontré con la sorpresa de que el Almirante había enviado una comisión de despedida formada por cuatro o cinco Jefes del Cuerpo General que, formados en ala en el muelle, despidieron al barco a su salida, rindiendo honores en el primer tiempo del saludo militar. El detalle no es corriente y desde luego, a lo largo de mis muchas comisiones de Oficial de enlace, ésta fue la única vez que lo he presenciado.

Si se reflexiona sobre todo lo relatado, es interesante resaltar como de forma paula-tina, casi sin sentirse, fue cambiando el clima de las relaciones entre las autoridades locales y los visitantes desde una frialdad extrema hasta una cálida cordialidad. Claro está que el mérito de todo ello fue del Comandante Ahreen, por sus cualidades humanas, su cortesía y caballerosidad ejemplares y sujeto nada responsable de la desafortunada decisión de su gobierno que dio origen a esta situación. Aunque habrá que reconocer también que el Oficial de enlace hubo de sortear algunos escollos antes de llegar a buen puerto”.

JOSÉ ORTEGA MARTÍNEZ

CAPITÁN DE CORBETA DEL CUERPO GENERAL DE LA ARMADA

IN MEMORIAM

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5 comentarios to “HAPPY BIRTHDAY, SIR (UNA CRÓNICA INÉDITA DE HONOR MILITAR)”

  1. Karmen said

    Hola Pepe, tu padre, realmente era un hombre bueno, digno y honrado y estoy encantada de leer esta maravillosa crónica, que visto por encima, (es muy tarde y me voy a dormir ahora) pero pienso leerla toda, al verla a vista de pájaro, lo he “visto” contando sus historias incansable y lo he recordado con cariño. Un besote guapo.

  2. Bienvenido Lorente Tello said

    Un relato muy interesante y mas cuando has conocido al protagonista. Ya te dije que fue oficial mio durante un tiempo.
    Me dio clases de procedimiento de comunicaciones y radiotelegrafia. Un saludo Pepe. Por cierto te vi en la tele.

  3. Cada día me sorprende más Sr Ortega. me fascina,me gusta con la sencillez y transparencia que está escrita esta historia.Me hubiera gustado haberla conocido antes;pero nunca es tarde si la dicha es buena,y esta es buena. Veo al Oficial de enlace como un hombre instruido,bueno y,noble…. Le felicito por publicarlo,y ante todo…felicito al protagonista y autor. Felicidades Jóse.

  4. Sarai said

    ¡Precioso ! Sin duda un gran hombre

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