UN HOTEL EN LA LADERA

agosto 28, 2010

   Alza levemente la mirada y sonríe. Ni siquiera es una sonrisa triste, como  supongo que debía ser. La cosa fue que al escribir a mano la factura había supuesto que El Puig estaba en Barcelona.

 -Valencia -corregí.

 Y entonces esa sonrisa de disculpa, que no esperaba dadas la circunstancias. Después subo los dos pisos de la  escalera de madera y me sumerjo en recuerdos dentro de la habitación de madera donde el viento hace crujir los marcos de la ventana de madera.

Veintiséis años atrás. Bar de Lita, cerca de la calle María, Ferrol. Lita es una gallega frondosa y sonrosada que nos sirve los cafés con leche de muy buen humor.  Apoyados en la barra, los pipiolos recién ascendidos a alférez, orgullosos  bajo nuestro uniforme blanco. Con nosotros Manolo Armada, un capitán que conoce, entre otras cosas, todos los  secretos de la  amistad. Su hermano Eduardo había sido compañero y amigo de mi padre y había fallecido en un accidente de avión mucho tiempo atrás.

  Todo esto, o algo parecido, lo había escrito entonces, en la brillante primavera de 1984. En esos años escribía en una libreta de cubiertas  negras. Ahora lo hago en esta cosa electrónica, pero algunos contenidos no han cambiado.

  Al fondo, tras el recodo de la barra, una mujer madura  bebe en silencio su café. Tiene un gesto triste.   Manolo Armada baja la voz para decirnos que la mujer acaba de perder a su hija adolescente. Cuando volvía a casa, en el portal estaba sentado un  desconocido. Le pidió que la dejara pasar y él se limitó a acuchillarla.

  Y ahora la mujer está allí,  más allá del recodo de la barra, bebiendo en silencio su café. La miro con ojos nuevos. De pronto me parece bella y elegante, como si escondiera todo un mundo dentro, y  siento un deseo intenso de reconfortarla en alguna forma. Algo así como acercarme y decirle lo que pienso, pero ni  viene a cuento ni sé cómo hacerlo.  

  La experiencia queda registrada en la libreta de cubiertas negras y la vida sigue su perezosa e imparable marcha. 

….

   Una localidad que prefiero no nombrar, por discreción, pero a un paso de Ferrol. He venido para auxiliar a los afectados de Villarrube, heridos por los zarpazos de tiranos bien peinados pero con las manos sucias. Mediodía de ayer mismo. En el comedor, el hombre llega para retirar de la mesa la fuente de sopa vacía. Aún es joven. Tiene abundante pelo negro y esas mejillas sonrosadas que se ven por aquí.  Al inclinarse, Inés le pregunta cómo está y entonces se queda clavado, inmóvil, con el cuerpo apoyado sobre la mesa. Entre los dos hablan muy bajo.

  No llora, aunque lo   desea y lo necesita. Pero no es  apropiado romper en llanto en el centro de tu propio restaurante lleno de comensales.

  -Quien lo lleva peor es la madre -comenta él, que es el padre.

  Siguen palabras de consuelo y respuestas de resignación. Veo a la niña, tiene como quince años y sirve las mesas como un zombi. Su cara parece de palo, inexpresiva como Greta Garbo en la última secuencia de La reina Cristina de Suecia. Es la expresión de quien se ha asomado a un abismo que pocos han visto.

 

…..

 -Aquí, en esta curva… – indica Santiago, un jubilado de Bazán que sufrió una trombosis cerebral por culpa del derribo de su casa- El firme tenía agua, esta curva es mala… Se fueron al carril contrario.

  Es una curva en la vía que discurre por la falda de la montaña tapizada de helechos y replantada de eucaliptos. A un paso de casa. Fugaz y para siempre, sin una segunda oportunidad.

 Esta noche he dormido en el pequeño hotel rural de esta familia que está en duelo. Segundo piso de un edificio en la  ladera, al borde de la carretera. Al bajar a cenar, todos se muestran  extrañamente solícitos. La mujer joven que el día de antes nos había servido la sopa, no me deja preguntar. Me indica que ya han preparado mi  mesa en la galería. Sonríe como si nos conociéramos y me deja solitario  mirando las luces que se esparcen  ladera abajo y  percibiendo la suave lluvia en los cristales.

  -Cóbrame ya la habitación y la cena -le pido al terminar-. Mañana me voy temprano.

  Son las once y la luz de la pieza principal está amortiguada, como para impedir ver la realidad tal como es. El padre está sentado en una mesa, conversando. Tras la barra se escucha el ajetreo de la cocina. Y entonces sucede algo inesperado.

 Yo la imaginaba retirada y callada en una habitación secreta y sin embargo está allí. Desde el fondo de la cocina se aproxima una mujer menuda y bella, con la camiseta llena de lamparones. Tiene la misma cara que la cría que el día antes servía las mesas como si luchara contra el mundo.

  Mi padre, cuando yo era pequeño, tuvo la lucidez de decirme algo que no olvidé: La madre es sagrada. Simple y claro. Ya había adquirido ese conocimiento cuando, mucho después, leí los pormenores del asunto en La Diosa  Blanca, la recomendable obra de Robert Graves.

  La mujer, de nuevo la mujer al otro lado de la barra de madera,  muestra  en el pelo recogido unas hebras canosas, puede que nacidas en estos últimos días. Incluso así, tiene cara de niña, pareciera que venga de jugar en la playa.  Pero  no lo es. Hace dieciocho  años que dio vida a una chica que se le parecía mucho y que sólo unos días atrás  había entregado esa misma vida. En la curva, a un paso de casa.

   Sonríe con  amabilidad al advertir su error en la factura. Barcelona no. Valencia. Me sorprende esa sonrisa.

  Una madre es sagrada, nada debería ofenderla ni dañarla. Pero ésta se come el dolor entre los cacharros de cocina. Y de pronto me doy cuenta de que estoy sintiendo lo mismo que veintiséis años atrás, ante aquella madre sin hija que tomaba café en el bar de Lita. La misma ansia  de devolverle con algún gesto una minúscula fracción de lo que había perdido. Y la misma desorientación por no saber ni poder.

   Vengo de pasar la tarde en un campo desolado, donde hace cinco años  aún estaban en pie las viviendas de la playa de Villarrube. Los hombres se negaban a hablar de lo sucedido, de los derribos, de la armonía rota. Las mujeres rompían a llorar al hacerlo. Yo estaba allí, mirando y escuchando, pero ni siquiera esas lágrimas me causan tanto desgarro como la sonrisa de esa  madre que se supone que debería estar llorando.

 -Me ha dicho la chica que te vas temprano ¿Quieres que te subamos a la habitación un termo con café y algo para  desayunar?

  Pagar o no pagar, ser cliente o no, todo eso queda al margen. Me siento una molestia al dar qué hacer a una familia que en esos días estaba pensando en cerrar el negocio y dejarlo todo.

  -Ni hablar, no tenéis por qué madrugar como yo.  Tengo que ponerme en pie a las cinco y doy por hecho que tomaré algo  en el aeropuerto. Pero ella insiste.

  -No, te lo subimos ahora en un termo.

  ¿De qué va esto? -me pregunto- Me asusta incomodarla hasta con un gesto, convencido de que está en su momento  más frágil, como si una ráfaga de aire pudiera derribarla, y es ella la que insiste en preocuparse por mi bienestar.

 Acepto y subo a la habitación. Al poco tiempo escucho pasos y en seguida unos toques en la puerta. La misma chica que me había servido está allí, con una bandeja repleta. Termo, zumo, fruta abundante, magdalenas. Lo deja todo sobre el escritorio con los mismos buenos modos y la misma sonrisa, como si compartiéramos algún secreto. 

  ¿Por qué me tratan como a un hijo? ¿Por buen oficio? ¿O sólo porque a estas personas les gusta la gente? Sí, ésa es la clave que explica muchas conductas aquí y allí. Si te gusta la gente todo se vuelve bonito. Y fácil.

 Cuando se marcha, me quedo escuchando los crujidos de la madera y el azote del viento. La habitación es como el camarote de un barco que navega muy lejos de tierra. Pero el mar no es un espacio físico, sino un lugar en la memoria.

  La segunda vez que me pasa, esa fuerte empatía, y no poder. Pero no va a ser así… ¿Dónde hay una cuartilla? En ningún sitio. En toda la habitación no hay una hoja de papel, excepto un folio arrugado que guardo en la mochila. En el anverso tiene un montaje fotográfico que utilizo para visualizar. El reverso no está del todo en blanco. En una esquina hay algo escrito, muy personal aunque inofensivo. Quiero escribir un mensaje para esta familia. Si empleo ese papel, sabrán algo de mis entretelas, pero qué importa. Al fin y al cabo está escrito que todos somos uno.

  Así que procuro estampar una letra clara para contar en sólo unas líneas lo que no había podido decirle a la madre de la niña muerta, pero tampoco a la madre de la niña asesinada, tantos años atrás. Cosas que aprendí hace mucho tiempo y que había citado en una conferencia que di el 29 de octubre de 2001 y que tenía por tema el viaje del héroe.

  Casualidad, pero el montaje del anverso de ese folio arrugado tiene una imagen de la portada de mi primera novela, de la que ya he hablado otras veces. Gilgamesh y la muerte, precisamente una búsqueda de la inmortalidad.

  La nota queda en la bandeja y luego me dejo mecer por los sonidos de la noche y me adormezco  pensando que quizá acabo de pagar una deuda.

  La historia tiene una continuación, cosas que han sucedido hoy, pero no lo puedo contar. El universo tiene sus secretos y yo también.

José Ortega

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9 comentarios to “UN HOTEL EN LA LADERA”

  1. sofia said

    Bien hecho (el aprovechar esa 2ª “oportunidad”, a veces pareces un pequeño “angel”)y bien contado, como siempre.
    Gracias por contarlo y compartirlo. Nos haces reflexionar con tus reflexiones y vivencias, cosas duras, cosas bonitas, en fin, sentimientos y emociones, la vida misma.
    Que les den a los “demonios”.
    Saludos
    Sofía

  2. Gracias Sofía. Sólo comprendes algunas cosas después de pasado mucho tiempo, cuando tienes perspectiva. Entonces todo cobra sentido.

  3. ines said

    Me dejas una vez mas sin palabras,¡cuanto aprendemos contigo¡dicen que cada dia se aprende algo nuevo y es verdad,la vida pasa sin enterarte y en un plis plas se te va.Hay que vivirla y valorar hasta el mas minimo detalle.Es increible como compartes tus vivencias,desprendes tanta paz y serenidad,que relajas,es como si me dieran una sesion de relajacion.Dule ver como la vida juega malas pasadas pero como dice sofia es la vida misma.Un saludo y sigue asi eres el mejor.

  4. Dime: ¿Era esa la libreta Epífita?…(..)

  5. Lys said

    ahora mismo tengo el corazón encogido… cuántas veces he sentido la misma impotencia, la necesidad de mostrar empatía, y la incapacidad de encontrar la manera… qué bonita historia, Don José, y qué buen final… el que conocemos, digo… el otro sin duda es mejor. Gracias.

  6. Ana Magali said

    y………no nos puedes dejar así!

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