MÚGICA QUIERE MÁS

junio 23, 2010

Esta mañana temprano Juan Ramón Lucas ha entrevistado a Enrique Múgica en Radio Nacional. Sólo he escuchado una pregunta y una respuesta, no tenía tiempo demás, pero era todo lo que necesitaba oir. La pregunta (en forma de afirmación): Que al Señor Múgica le quedan ocho días en el cargo. La respuesta (sorprendente): Que el interesado ya pasó la edad de jubilación pero se siente joven y está dispuesto a seguir si obtiene la confianza del Parlamento.

La verdad, me ha sorprendido que tan importante personaje se rebajase a vista de toda España, pidiendo en las ondas,  quien lo quisiera escuchar, una prórroga de su mandato. Porque así es como lo he percibido, como una súplica expresada de forma más o menos indirecta y bastante ansiosa.

Lo que tiene el señor Múgica es vértigo. Vértigo ante la nada. Su hora ya pasó, su generación ya dejó el poder y está en casa con las zapatillas. Más allá de esos ocho días, lo que le espera es hacer la cola en el supermercado y después ir vaciando las bolsas en el maletero del coche, como todo el mundo. Va a causar baja en la casta.

Ya sabéis lo que nos hizo cuando le presentamos la queja por aplicación abusiva de la ley de costas. Se rió de nosotros. Nos dijo que no teníamos razón en nada. Curioso que el Parlamento Europeo tres meses después nos dijera que teníamos la razón en todo. Curioso. En un informe preliminar el Defensor del Pueblo ya advertía por escrito que su actitud podría semejar la del defensor de la Administración. Y al poco tiempo daba un auténtico recital, al transcribir y hacer suyo, sin más, sin un solo pensamiento crítico, el contrainforme de la Dirección General de Sostenibilidad de la Costa.

Como viene a cuento, os pego aquí un pasaje de mi manuscrito

 EL ABOGADO Y EL MAR

 “En enero de 2009, después de un año de haber presentado la queja, recibí una carta extensa del Defensor del Pueblo. Era una respuesta de diecisiete páginas que a mi juicio simboliza la claudicación del Estado de Derecho, reduce a cenizas la esperanza de una convivencia justa, aniquila el respeto a la dignidad de la persona y confirma que en España ya no hay controles para los desmanes del poder ejecutivo.

La conducta que había seguido el Defensor del Pueblo era incomprensible, si acaso indecente. En lugar de estudiar la queja para valorar la razón que pudiera haber en ella, se limitó a remitirla a la Dirección General de Costas pidiendo informe al respecto. Los ingenieros de costas se pusieron entonces a una labor parecida a la que hacen los carniceros cuando les pides doscientos gramos de carne picada. Cogieron mi documento y lo hicieron picadillo. Debo decir que aquel texto mío era una especie de museo de los horrores y que resultaba imposible leerlo sin indignarse ante tanta calamidad y tanto abuso. Los autores de todas esas calamidades y abusos, descontentos ante la idea de que alguien los hubiera puesto en circulación, afinaron sus dotes de cinismo para elaborar el contrainforme sesgado que cabía esperar. Pongo por caso, yo había denunciado que en la playa del Pinar, en Castellón, se había sepultado un inmenso espacio dunar para construir sobre él un parque marítimo contrario a la ley de costas. La respuesta se limitaba a que el proyecto había sido sometido a información pública y “Don José Ortega” no había concurrido para formular reparos. Con esto venían a decir que cualquier conducta, por ilegal que fuese, se volvía legal por el mero hecho de pasar aquel trámite de información pública. El resto del informe no era más justo ni más objetivo, sino el intento de los culpables, más o menos ingenioso, de tapar sus propias vergüenzas.

Es comprensible que los acusados se defiendan, incluso con argumentos endebles, pero no lo es que el Defensor del Pueblo se identifique con ellos hasta el extremo de hacer lo que hizo, algo que no comprendí en su momento y que nunca podré comprender: Remitirme como respuesta aquel documento extenso en el que se limitaba a recoger literalmente el informe de los ingenieros de costas. A cada una de mis quejas, contestaba insertando la respuesta de la Dirección General de Costas (imagino que los ingenieros habían sido tan amables de remitir sus comentarios por correo electrónico para que los amanuenses de D. Enrique Múgica no tuvieran que copiar el texto, sino que pudieran emplear el celebrado procedimiento del copia-pega). No hizo otra cosa.

Hay dos cuestiones a comentar. La primera, que el Defensor del Pueblo no incluyó una sola reflexión nacida de la propia institución, al margen de lo que le dijeran los ingenieros. Asumía sus comentarios parciales y sesgados de forma desalentadoramente acrítica. La segunda, que el balance final no sólo era desfavorable, sino también alarmante, porque significaba que a pesar de que el informe tenía casi cien páginas, no nos reconocía la razón en nada. Cuando digo en nada quiero decir nada, ni un párrafo, ni una frase ni una coma. Éste es el absolutismo que estremece, la contundencia de esa España a la que alguien definió como un país de obstinados cabreros, el fanatismo de todos los que han entonado un Trágala, sea cual sea su contenido.

Esto es algo que se podría esperar quizá del fanatismo de unos ingenieros de costas que de pronto veían sus culpas esparcidas por todo el país, pero no de la prudencia de una institución cuya función era estudiar a conciencia los ataques a los derechos fundamentales de la persona. Pero esto fue lo que recibimos.

El poder por lo visto vuelve locos a quienes lo ejercen y les hace perder contacto con la realidad. En la antigua república de Roma, cuando un cónsul conseguía una victoria militar sonada,  el Senado le concedía lo que llamaban un triunfo, para que pudiera entrar en la ciudad en honor de multitudes. En esas ocasiones, un funcionario estaba encargado de ir junto al personaje y susurrarle continuamente al oído: “recuerda que eres mortal”.

Nuestro sistema político también debería tener en plantilla un funcionario que recordara al oído del Defensor del Pueblo, el Director General de Costas, el Ministro y demás ralea que, a pesar de su inimaginable poder, no son más que ciudadanos perecederos y mortales. Debería, pero para qué. También acabaría corrompido y controlado por el Gobierno”. 

 Vuelvo al blog.

 Enrique Múgica quiere más, se resiste a dejar el cargo, insiste en que, aun siendo viejo, se siente joven y con fuerzas. Yo no sé si en su trabajo habrá acumulado méritos. Es posible que haya ciudadanos a los que haya salvado y que le estén agradecidos. Puede que haya enderezado entuertos suficientes como para justificar su sueldo y prebendas. Puede, pero yo juzgo por lo que sé y lo que sé es lo que les ha hecho a las víctimas de los abusos del Gobierno en materia de costas. Una pedorreta. Visto así, yo no creo que su vergonzosa súplica de hoy  obedezca a la rabia que le dan las violaciones de los derechos fundamentales. Me inclino a pensar que siente nostalgia anticipada del sillón, la mesa de despacho, la secretaria, el coche oficial, la visa oro, el peloteo, el sentirse alguien, el estar en el rollo y todo eso. Y supongo que le da temblor que en unos días no lo llame nadie ni lo necesite absolutamente nadie. Temblor no, vértigo. El euro en el carrito, la cola del super… Creo que eso simboliza bastante bien lo que significa ser un ciudadano.

No, puesto que sus balances son comparables, con Múgica hay que seguir el mismo procedimiento que con Domenech, el entrenador de la selección francesa de fútbol: Gracias y adiós. Cuanto antes.

A España le deseo que el Parlamento no conceda al Sr. Múgica la prórroga que hoy ha pedido.  Y al propio Sr Múgica, que en algún momento de su retiro el Estado le pase por encima con toda la brutalidad de una manada de búfalos, como en su momento le pasó a Valeriano Rodríguez en la Gomera, Inés Barcia en Valdoviño, José Elvira en Fuerteventura o Florentina Mora en Mallorca.

Que sienta esa brutalidad, que le duela, que necesite justicia.

Y que no tenga más remedio que recurrir al Defensor del Pueblo.  

 Me gustaría que sepa qué se siente.

 José Ortega

Abogado

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Una respuesta to “MÚGICA QUIERE MÁS”

  1. aapv said

    este Sr múgica en vez de ser el defensor del pueblo es decir de los ciudadanos deberia llamarse el defensor de los altos cargos porque nunca ve nada irregular siempre va en apoyo a las administraciones.En nuestro caso tampoco vio ninguna irregularida y la ministra cristina narvona tampoco pero un juez y fiscal del estado si vio delito de allanamiento y prevaricacioin.Se le solicito ayuda antes de que ocurrieron los hechos y no hizo nada para evitarlo es igual de culpable que los que direon la orden de derribo al igual que el presidente del gobierno que se le pidio ayuda y hasta la fecha y ya han pasado mas de 4 años estamos esperando.Es una verguenza.Que deje el puesto a alguein que verdaderamente defienda al puebolo,al ciudadano que para eso le pagan y sino es asi que se ahorren ese dinero que no nos hace falta porque a fin al cabo los ciudadanos nos tenemos que defender solos, porque dar una queja al defensor del pueblo español es un gasto tonto,y encima le pagamos todos los españoles.¡vergonzoso¡,y encima quiere seguir se creera que lo hizo muy bien.En fin esperemos que no lo dejen seguir y pongan a alguien que luche verdaderamente por los derechos de los ciudadanos.
    Múgica deja el sitio a la juventud que tambien tienen derecho.

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