LOCALIZACIÓN FRENTE A GLOBALIZACIÓN. MANIFIESTO PARA UNA ECONOMÍA VERDE

febrero 21, 2010

ADVERTENCIA

  No entiendo de economía ni de agricultura ni tampoco tengo la presunción de dar lecciones a los que sí entienden, pero todos tenemos derecho a opinar y este documento no es más que una opinión. No obstante, soy partidario del filósofo Max Frisch cuando escribe que siempre hay que perseguir la utopía. No importa que parezca inalcanzable, porque su búsqueda nos ennoblece.  Se trata de una versión de la propuesta del poeta mejicano Amado Nervo cuando advertía que nos es lícito esperarlo todo de la vida, de la receta de otro poeta, Baudelaire, al afirmar que hay que estar siempre ebrios, de vino de poesía o de virtud, pero embriagaos, y de la consigna de 1968, seamos realistas, pidamos lo imposible.

 Cada uno de esos pensamientos y consignas nos marcan el mismo camino, el de que hay que creer, luchar y tener esperanza. En luchas anteriores la suerte me ha acompañado, por lo que puedo constatar que la determinación funciona y que es muy cierto que sí podemos.

 Claro está que ni filósofos ni poetas son especies propias del bosque de la economía, pero posiblemente esta ciencia sea demasiado importante para dejársela a los economistas.

 UNA ECONOMÍA ENFERMA

 Es una pérdida de tiempo referirse a la crisis y al desconcierto general sobre cómo hacerle frente. También está de sobra remarcar la más que evidente pérdida de prestigio de España en el marco de la UE con motivo de las opiniones de los grandes mercados financieros y las acusaciones a nuestro presidente de hacer zapping con la economía del país.

 El llamado plan E de reactivación de la economía puede ser opinable pero las opiniones que yo he escuchado son malas. La mía no es mejor. Las obras públicas fueron siempre un motor de la economía (y muy usadas en las dictaduras, incluyendo a Primo de Rivera, aunque la observación carece de intencionalidad) pero no parece que el plan E haya servido de mecha de encendido para poner en marcha ningún ciclo económico nuevo. Por así decir, poner bancos en un parque es una obra que empieza, se desarrolla y termina sin cambiar ni un poco la atonía económica de la sociedad circundante al parque y al banco.

  En cuanto a las sucesivas fórmulas ensayadas por el presidente del gobierno para mejorar la situación pueden no ser lo mismo que un zapping sin criterio, pero lo parecen.

 GASEOSA Y TIRANÍA DE LO INMEDIATO

 Los políticos tienen que dedicar gran parte de su tiempo a apagar fuegos y no les queda ninguno para lo que podríamos llamar pensar en grande o simplemente para ver más allá. Problemas estrictamente individuales (cómo mantenerse en el cargo en la lucha de las familias políticas), de partido (la estrategia de la próxima contienda electoral) e institucionales (un servicio público agotador) creo que les seca esa parte de las emociones y la mente que tendría que dar respuesta nueva al desafío nuevo. Un político es un señor o señora que por lo general vive sofocado y trabaja contrarreloj. Imposible que de ahí salgan una mirada serena y un planteamiento global. Por eso se dejan asesorar por los expertos, pero esos expertos, embebidos en las teorías que aprendieron en la Universidad, suscritos a las fórmulas habituales y abonados al discurso dominante, tampoco suelen ver más allá.

 Es evidente que, dejada a las leyes del mercado, tanto la sociedad como la economía se mueven con una inercia poderosa. El discurso dominante no es más que una teorización de la bondad de esa inercia. Las fórmulas de los economistas, procedimientos para que ese vehículo en marcha no se estrelle. Imaginemos al Barón de Munchausen volando con destino desconocido sobre la bala de un cañón:

  -La explosión de pólvora en el cañón es como el impulso hacia delante de la economía (hacia la continua expansión de mercados y el gigantismo empresarial en el contexto de la globalización).

   -La inercia de la bala es como la de la economía, que avanza sola con arreglo a sus propias leyes (en este contexto, las leyes del mercado son tan indiscutibles como las leyes físicas, una de las cuáles se refiere precisamente a la inercia de los cuerpos en movimiento)

   -El barón de Munchausen podría representar al cuerpo social, cuya fortuna depende del destino de la bala, de su trayectoria y de su inercia. Puede que si nos agazapamos y nos abrazamos a ella podamos incrementar su velocidad en una micra, que si nos erguimos hagamos vela y la reduzcamos en otra micra, que si extendemos un brazo podamos desviarla mínimamente a babor o estribor, pero poco más.

   Ni a los políticos ni a los economistas se les pasa por la cabeza detener e invertir el movimiento de esa bala de cañón imparable que es la economía. Creen, sin razón, que la globalización es una fuente de oportunidades (puede que para algunos pero también lo es de tragedias para muchos), que las leyes de la economía son un dogma indiscutible y que esa poderosa inercia es superior a toda fuerza humana.

   El hecho de que la economía de mercado deje a los gestores políticos un margen de maniobra realmente mezquino forma parte de las mismas reglas. Lo queramos o no, un presidente de gobierno o un ministro de economía son hoy algo muy parecido al gerente de una sociedad anónima: Su misión es hacerla funcionar y presentar una buena cuenta de resultados. El margen para la ideología es casi simbólico. Es cierto que el presidente Zapatero proclamó que no pensaba negociar su política económica con el partido popular porque estaba basada en su ideología de izquierdas e imagino que sus repetitivas proclamas sobre el carácter intocable de la protección social tienen mucho que ver con ello. Pero esto sólo demuestra que el interesado podría estar saliéndose de esas estrictas reglas de la economía de mercado y que su fidelidad a la ideología podría quizás conducirle a su próxima salida de La Moncloa.

  No cabe duda alguna de que la estrechez de margen de maniobra no viene sólo de las reglas de la economía de mercado, sino del poder de los grupos de presión empresariales, que con sus chantajes e imposiciones erosionan la poca libertad que aún le queda al gestor público.

   Esta estrechez de márgenes a menudo nos plantea una contradicción que pronto se transforma en un problema ético del que nadie habla. Bajo mi punto de vista, la expresión desarrollo sostenible es una falacia porque todo progreso económico (tal como lo entendemos) exige el aprovechamiento de los recursos naturales hasta el límite de la destrucción del entorno. La industria de la automoción, por ejemplo, es lesiva  para el medio ambiente, pero hemos de fomentarla para conservar el empleo y para que el dinero se siga moviendo. De esta manera el impulso hacia delante de la economía actúa como un chantaje sobre los valores en los que creemos.

 Hoy, bajo estas reglas, un político es un gerente. Pero las cosas que requieren la atención diaria y permanente de este gerente (las cuentas públicas, el desempleo), siendo grandes, siguen siendo a su manera pequeñas. Para pensar soluciones nuevas se necesitan filósofos o algo parecido, capaces de verlo todo y pensar en grande. Platón propuso que la ciudad estuviera gobernada por filósofos. Yo no, desde luego, pero comprendo la necesidad de que alguien pueda retener la debida serenidad para ver más allá. Entre los políticos en activo es muy popular la despectiva frase los experimentos hay que hacerlos en casa y con gaseosa. Es la expresión de quien tiene miedo al cambio porque tiene miedo a equivocarse. Hay que procurar no equivocarse, pero no hay que impedir los experimentos sociales. Posiblemente Luis XVI, poco antes de perder la cabeza en la guillotina, también pensaba despectivamente que los experimentos había que hacerlos con gaseosa. Y sin embargo el experimento de la toma de La Bastilla en 1789 nos abrió las puertas a una vida ciudadana digna en democracia y libertad.

 Creo que le llaman antojeras a esas cosas que les ponen a las mulas para que sólo puedan mirar en una dirección. Así están los políticos y estamos todos, me parece: Mirando en una única dirección,  atentos a las recetas de los gurús de la economía y en cierto sentido uncidos como bueyes al yugo de un discurso dominante por encima de toda discusión. Al sugerir fórmulas alternativas no pretendo ser más perspicaz que los políticos en activo, suplantar a los economistas ni ponerme en el nivel de los filósofos. Este documento, recuerdo, es sólo una opinión.

 QUÉ ES LA POLÍTICA SOCIAL

 El presidente Zapatero se proclama de izquierdas. No se camufla ni busca la ambigüedad. Estupendo, pero no basta con decirlo, también hay que demostrarlo. Puesto a la tarea, impulsó los matrimonios entre personas del mismo sexo, transformando a España en país de vanguardia en esa materia, y nunca parece olvidarse de la protección social.

 Y poco más. Bajo mi punto de vista, las exigentes leyes del mercado y puede que las presiones de los grandes grupos económicos no le han permitido otras   alegrías. Quienes aspiramos a un mundo mejor no podemos comprender que un gobierno socialista no imponga la prestación gratuita, a través de la seguridad social, de las terapias alternativas como homeopatía y acupuntura, que tan excelente resultado práctico han demostrado.  Particularmente pienso que una cosa así habría enfadado a los laboratorios farmacéuticos, que son demasiado para cualquier gobierno. Ahí la vocación social, o simplemente el impulso de lo que Kant llamó el deber ser, encuentra un muro sin un solo punto débil.

 Igualmente, imagino que un gobierno con preocupación social debería haber hecho algo para que sus ciudadanos no desarrollen cada vez más enfermedades degenerativas como cáncer, diabetes o dolencias cardiovasculares. Me refiero a algo más que invertir en carísima tecnología médica y en concreto a la prevención mediante hábitos de vida, y sobre todo de alimentación, saludables, incluyendo la promoción de los alimentos ecológicos y la limitación de los aditivos químicos en la comida. Pero es evidente que esto habría entrado en conflicto con las multinacionales agroalimentarias y los fabricantes de la tecnología de la salud, y ahí la vocación social encuentra un nuevo muro.  

 De hecho, tanto la guerra como la enfermedad son eficaces motores del sistema económico. La paz universal y la salud generalizada arruinarían a muchas empresas, harían perder muchos puestos de trabajo y serían capaces por sí de poner en serias dificultades al sistema. La rebelión de los dentistas ante el hallazgo de una pretendida vacuna contra la caries no fue más que una maqueta de este fenómeno. Puede, por tanto, que buscar la paz y la salud sea un experimento más peligroso que los que se hacen con gaseosa, pero parece que razones puramente morales lo exigen.

 También imagino que un gobierno social debería haber propiciado fórmulas concretas y palpables contra el deterioro del medio ambiente. No pretendo que no se hayan puesto en marcha, pero los resultados no se ven o son difíciles de ver. En particular, siempre me ha maravillado que los poderes públicos no se decidan a promover una repoblación forestal en serio. Supongo que esto tiene mucho que ver con el hecho de que los árboles tardan muchísimo en hacerse adultos, lo que impide que ningún político actual pueda hacerse una foto inaugurando un bosque.

 La atmósfera que respiramos es una mezcla de gases con un 21% de oxígeno, que es lo que nos mantiene vivos. Estamos lanzando a esa misma atmósfera toneladas de dióxido de carbono y por lo tanto alterando la mezcla a peor. Sin duda que la moderación en la liberación de dióxido de carbono es un objetivo indiscutible, pero es de suponer que incrementar la liberación de oxígeno será igualmente bueno, puesto que el problema parece ser la proporción entre gases. Y aunque no fuera así, nadie podría discutir que necesitamos mantener vivas las fuentes de oxígeno.

 En un documental coproducido por TVE y titulado Vietnam, vida después de la muerte, se pedía moderación al gobierno vietnamita en su actividad de tala de árboles, porque todos necesitamos el oxígeno que esos árboles producen. La reflexión la encuentro inmoral. Ningún europeo, y menos los españoles, tenemos autoridad para pedirle eso ni a vietnamitas ni a brasileños. Basta echar una ojeada a La Mancha, a Almería o a cualquiera de nuestros abundantes paisajes pelados. Nosotros talamos hasta el último de nuestros árboles, en especial para construir esos barcos con los que en el siglo XVI conquistamos el mundo. Ahora ya no nos queda ninguno, o casi ninguno. No entiendo cómo podemos ir a las conferencias internacionales de medio ambiente a pedir, proponer y prometer cuando gran parte de nuestro paisaje son montañas calvas y paisajes pelados y cuando esto nos causa una fascinante indiferencia.

 Necesitamos oxígeno ¿por qué se lo pedimos a Brasil? En una de las cumbres del clima la delegación brasileña entendió que toda la Humanidad necesitaba el oxígeno que generaban sus árboles y lanzó una propuesta tan razonable que se caía por su peso: se comprometían a mantener sus selvas a cambio de que el resto del mundo pagara un canon. Estados Unidos se opuso y la iniciativa no prosperó, pero a mí me parece justa.

 Bajo mi punto de vista, no tenemos derecho a dar lecciones a nadie ni a pedir sacrificios a ningún país mientras España continúe siendo un desierto artificial conseguido con denodado esfuerzo por los propios españoles, empeñados primero en destruir su paisaje y más tarde en mantenerlo destruido y muerto.

 ECONOMÍA Y DESEQUILIBRIO TERRITORIAL

 España, como todo el mundo sabe, tenía en la mitad del siglo XX una economía puramente agrícola. En los sesenta se abrieron paso no sólo el turismo, sino también la actividad industrial, de la mano de aquella institución estatal llamada el Instituto Nacional de Industria. También es sabido que en los ochenta renunciamos a la industria pesada, continuamos con la obsesión por el turismo y pusimos en marcha la construcción de viviendas como nuevo motor de la economía. Fórmulas como la desgravación fiscal a la adquisición de segunda vivienda se abrieron paso como vía para esa huida hacia adelante en que se convirtió el luego llamado monocultivo del ladrillo.

 Esta fórmula ha provocado en el país un desequilibrio económico y cultural de cuidado. En los noventa se hablaba insistentemente del arco mediterráneo. En una mesa redonda en la que participé junto a Baltasar Porcel, éste proponía fijar la atención en una imagen satélite nocturna de España. Allí donde se ven más luces es donde están el desarrollo, el progreso y la cultura, decía. Casualmente en el arco mediterráneo. Por más solidaridad interterritorial que se quiera, Guadalajara, León, Zamora o Ciudad Real ya no parecen el mismo país que Barcelona, Valencia, Málaga o Alicante. De la misma forma que en la Edad Media los campesinos abandonaban el campo, como escenario de esclavitud, en busca del ámbito de libertad de las ciudades, en los últimos años el éxodo del campo a la ciudad ha sido masivo, esta vez por motivos económicos, en busca de oportunidades, pero al mismo tiempo se ha producido un claro movimiento de población de los territorios centrales al próspero Levante. El resultado, pueblos abandonados, desertificación, empobrecimiento, retraso cultural y desenraizamiento. Y, visto desde el conjunto del país, descompensación y desequilibrio, con unas regiones costeras muy prósperas y otras centrales bastante menos.

 Ultimamente todo el mundo está convencido de que el desarrollo económico acertado pasa por esa cosa llamada I + D + i (investigación, desarrollo, innovación), término tan petulante como imprescindible en toda conferencia empresarial. Hasta el Rey mencionó recientemente la ciencia y la tecnología como llave para la recuperación. No lo discuto (ni entiendo de ello), pero la fórmula también contiene la inercia de la bala de cañón. Puede que algunas soluciones complementarias puedan venir del polo opuesto y que exijan una rectificación de la trayectoria de la bala.

 Parece ser que España está orgullosa de basar su economía en el sector servicios y de haber dejado de ser un país eminentemente agrícola. Lo agrícola se entiende como sinónimo de retraso. De hecho, que yo sepa, las únicas explotaciones que están funcionando bien  hasta el extremo de generar exportaciones masivas, son los invernaderos del Sureste. Las fresas de Huelva ya están encontrando serios inconvenientes en Alemania a causa de la enorme carga tóxica de los pesticidas que, según dicen, llevan incorporados. Y creo que es cuestión de tiempo que algo parecido suceda con los cultivos de invernadero de Almería.

 El resto, o gran parte del resto, parece que es una agricultura subvencionada y poco rentable. La decadencia del cultivo de la naranja en Valencia puede ser un símbolo. Tras el bajón de las exportaciones, se continúa trabajando a regañadientes. Los propietarios de los campos prefieren con mucho venderlos para la construcción.

 La economía agrícola que funciona está participando de las reglas de la economía global, es decir, que mueve grandes cantidades de productos, grandes flotas de camiones, grandes mercados y grandes beneficios. Son las nuevas reglas del juego, sin duda. Por eso los políticos optimistas (y conformistas) aluden a la globalización como fuente de oportunidades. Con esto nos invitan a jugar al único juego posible, fomentando la competitividad y el gigantismo para poder colocar nuestros productos, agrícolas o no, en cuantos más mercados mejor (al mismo tiempo que el transporte de esos productos, al mismo tiempo que genera actividad económica paralela y nuevos puestos de trabajo, de forma inevitable consume recursos naturales y aumenta la contaminación que tanto decimos combatir).

   Pero ese ciclo es inestable porque depende de circunstancias que el productor no puede controlar y el político a duras penas. Un simple acuerdo económico preferente con Marruecos puede arruinar a los cultivadores de tomate de Murcia. Un boicot generalizado a los cultivos de invernadero saturados de pesticidas puede causar estragos en ese sector. Imaginemos que la UE trata de premiar ciertas concesiones de Israel con el pueblo palestino mediante una revisión a la baja de los aranceles a sus productos agrícolas. En ámbitos no agrícolas, recordemos cómo durante esos años amargos en los que por motivos de todos conocidos España tanto necesitó la ayuda de la policía francesa, casualmente todos los coches de la policía española eran de marca francesa, aunque en nuestro país las fábricas de SEAT seguían necesitando pedidos. Son medidas que los responsables nunca reconocerían pero que se producen, y sobre todo son cuestiones que no podemos controlar. Sin duda que algo parecido sucede con los restos de industria aún presentes en España. Si la casa Opel cambia de dueño y esto da lugar a una reestructuración, unos cientos de parados lastran nuestro equilibrio, lo mismo que si las marcas de automóviles juegan a la deslocalización marchándose a fabricar a Chequia. Jugar a ese juego de la globalización es buscar esas famosas oportunidades pero también aceptar que nuestro destino quede en manos ajenas.

 La economía globalizada es un sistema inseguro y lleno de sobresaltos en el que la totalidad del sistema queda a merced de las reglas más crueles del mercado y en el que no existe seguridad porque las convulsiones que suceden en un extremo del planeta se propagan rápidamente al otro extremo causando estragos con bastante menos sutileza que el batir de alas de una mariposa.

  Las leyes del mercado en un escenario hipercompetitivo se parecen en extremo a la ley del más fuerte. Herbert Spencer se empeñó en el siglo XIX en trasponer a la sociedad la teoría de Darwin sobre la evolución de las especies basada en la supervivencia del más fuerte. A ese pensamiento se le llamó darwinismo social y por suerte quedó oficialmente desechado, pero el neoliberalismo económico no es más que un darwinismo social universal sin contestación y sin mas matices que las ayudas sociales que los gobiernos, con mucho esfuerzo presupuestario, ponen en marcha a favor de los perdedores.

 LOCALIZACIÓN FRENTE A GLOBALIZACIÓN

 El modelo social en el que tenemos la suerte de vivir nació con la revolución francesa, cuando se abolieron los privilegios de la nobleza y se abrió paso una nueva forma social basada en la libertad y la dignidad de la persona.

 Uno de los filósofos que más influyeron en la revolución francesa fue J. J. Rousseau, para quien el modelo de nuevo ciudadano era el pequeño agricultor independiente, dueño de su tierra, que se relaciona directamente con el Estado. El sabía que la libertad política no es nada si no va acompañada de la libertad económica y por eso consideraba innegociable que esos ciudadanos fueran dueños de sus propios medios de producción (algo más tarde, Karl Marx también distinguió las libertades reales de las libertades formales). Europa se fundó sobre esas bases ideológicas para después traicionarlas en un proceso de gigantismo empresarial, fusiones espectaculares y acumulación de un inmenso poder económico en manos de muy pocos hasta el extremo de que resulta indudable que hoy los grandes consorcios económicos prevalecen sobre los gobiernos.

 Estamos saliendo del sistema económico nacido con la revolución francesa y nos encaminamos hacia una plutocracia gobernada en la sombra por grupos empresariales de poder inimaginable y en la que gozamos de una libertad política puramente formal porque esa libertad está perdiendo su base de independencia económica al mismo ritmo que desaparecen las pequeñas explotaciones agrícolas, la tienda de la esquina, los artesanos solitarios y los negocios familiares. Puede que cuando una de estas pequeñas empresas se cierra y sus miembros pasan a ser cajeros de un hipermercado, para los interesados el resultado económico sea neutro, pero esto es sólo apariencia porque hay muchas circunstancias por las que esta persona podrá perder su trabajo y su independencia la ha perdido desde el momento en el que acepta el trato.

 NUEVA CONCIENCIA EN NUTRICIÓN

 Cada europeo se mete en el cuerpo cinco kilos de productos químicos al año. Estos productos proceden de los aditivos presentes en los alimentos procesados que comemos y parece indiscutible que guardan relación con el abrumador aumento de enfermedades degenerativas como diabetes, cáncer o enfermedades cardiovasculares. Por supuesto que la única razón del uso de estos aditivos químicos es la globalización de la economía de la alimentación, que exige trasladar los productos a mercados lejanos, donde deben aguantar el tipo primero en los estantes del supermercado y más tarde en el frigorífico de casa. La ingesta de otros aditivos procede de los agentes presentes en la atmósfera, entre ellos los herbicidas, pesticidas y productos de limpieza, muchos de los cuales contienen productos que imitan a los estrógenos y producen cáncer sexual en mujeres.

 Frente a esta realidad, contra la cual los gobiernos no hacen nada o hacen poco, se está abriendo paso una nueva conciencia tendente a una alimentación saludable y consciente. Prueba de ello es el crecimiento de los establecimientos dedicados a la venta de productos ecológicos. En Valencia, lo que en su origen fue una simple herboristería se ha transformado en una gran empresa con catorce tiendas de dietética y alimentación natural.

 El público que acude a estos establecimientos está bien informado, mantiene un buen nivel adquisitivo y constituye un mercado fiel de esa actividad que en modo alguno debería conceptuarse como nueva, pero que lo es, llamada agricultura ecológica.

Bajo mi punto de vista, España tiene tendencia a vivir a remolque de los países realmente cultos. Aquí aún se siguen considerando las redes wi-fi como un bien social y los Ayuntamientos se empeñan en dar cobertura a todo el municipio, cuando en esos países importantes de nuestro entorno se están empezando a retirar por las dudas que ofrecen en relación con la salud humana. De la misma manera creo que aún creemos que la agricultura es parte del pasado y símbolo de atraso y de una actividad económica poco distinguida.

HACIA EL DESPLIEGUE DE LA AGRICULTURA ECOLÓGICA

Tal como lo veo, la agricultura ecológica es una actividad de vanguardia con muchas ventajas sociales y económicas.

Los poderes públicos deberían crear las condiciones para el desarrollo masivo de la agricultura ecológica, aunque no precisamente favoreciendo la fórmula empresarial grande, puesto que esta propuesta se hace desde la desconfianza hacia la globalización y como el impulso de una economía modesta pero sólida, basada en la localización.

La propuesta no tiene nada que ver con subvenciones o beneficios fiscales a empresas que se dediquen a esta actividad. Se trata del establecimiento consciente y organizado de una red de explotaciones capaces de abastecer a un mercado estrictamente local. La idea puede parecer candorosa en el mundo de las grandes finanzas, pero si queremos ser inmunes a las convulsiones que vienen de lejos (o de cerca) y permanecer indiferentes a las crisis financieras relacionadas con hipotecas basura originadas en el otro confín del mundo, tendríamos que reservar al menos una parte de nuestra actividad de la economía global mediante el fomento de las iniciativas locales.  

La propuesta es, por lo tanto, estratégica y puede servir para generar determinados módulos de actividad inmunes a las crisis internacionales, lo mismo que los departamentos estancos de un barco protegen de la inundación y el hundimiento.

CÓMO HACERLO

  En los ochenta conocí a la Jefa de Patrimonio de una delegación provincial. Me comentaba que el Estado es un pésimo gestor de sus propios bienes y que por eso había una tendencia a deshacerse de ellos mediante la enajenación.

Incluso así, el Patrimonio del Estado sigue siendo dueño de muchos terrenos, la mayoría improductivos y creo que ahí se incluyen gran parte de esas montañas peladas a las que me refería antes.

La propuesta es simple. El Estado podría dar en concesión espacios de extensión por determinar (puede que tres a cinco hectáreas) a ciudadanos dispuestos a vivir en ese terreno dedicándolo en parte al cultivo ecológico y en parte a la repoblación. Los espacios más llanos dedicados a lo primero, los más abruptos a lo segundo. Allí donde no existen terrenos de patrimonio del Estado pero sí pueblos y campos abandonados, habría que poner en marcha el mecanismo de expropiación. Y donde no haya lo uno ni lo otro, los Ayuntamientos podrían aportar terrenos propios a cambio de ventajas o inversiones a acordar con el Estado.  

  Las condiciones generales de la operación serían las siguientes:

-La concesión tendría que ser al menos de treinta años de duración y renovable, lo suficiente para generar en una familia joven la confianza necesaria para dedicar su vida a esa actividad.

 -Debería ser gratuita, sustituyéndose el pago en dinero por la actividad de repoblación forestal y el cuidado y limpieza del bosque asignado a su cuidado.

-Los Ayuntamientos deberían comprometerse a establecer en la localidad un mercado semanal de productos exclusivamente ecológicos.

– La autoridad urbanística se obligaría a introducir las modificaciones normativas precisas para permitir la construcción de viviendas y almacenes en los terrenos dados en concesión.

 -Las nuevas viviendas e instalaciones, como fórmula para crear paisaje, deberían construirse con materiales locales y según el estilo tradicional local.

De aquí surge un pacto social en el que cada uno de los suscriptores asume compromisos y del que se derivan ventajas para los intereses generales:

– El Estado entrega sus terrenos en régimen prácticamente gratuito.

– El Ayuntamiento se preocupa del mercado semanal.

– La autoridad urbanística facilita la construcción de vivienda.

– El concesionario asume la repoblación forestal y el cuidado y buen fin de los árboles en crecimiento.

 Ventajas:

  -Los terrenos improductivos se vuelven productivos.

  -Se da ocupación a un buen número de ciudadanos inclinados por ideología o simple vocación a este tipo de actividad. En la actualidad cunde la sensación de que en esta sociedad quienes no comparten el pensamiento único están excluidos del sistema y aunque convivan con él no consiguen integrarse. Esta es una fórmula de integración.

 -A estas personas ocupadas se les respeta su dignidad de ciudadano y se les devuelve el control de su propio destino al hacer que su futuro dependa únicamente de su buen hacer, al modo querido por Rousseau. La sociedad, en esta parcela, vuelve a estar basada en la dignidad y la libertad del ciudadano económicamente independiente.

-Se da curso a una auténtica política social preventiva de enfermedades degenerativas al fomentar la alimentación libre de aditivos químicos y una atmósfera sin pesticidas. Esta política social tan eficiente carece de costo económico.

  -En un momento de ensombrecimiento del sistema financiero de la Seguridad Social, el ahorro en asistencia sanitaria se hará evidente  la larga, lo que permite sanear la caja y con ello reforzar la parte dedicada a pensiones.

 -Se cumple el objetivo pendiente de la repoblación forestal sin costo de mano de obra y las montañas hoy peladas se transforman en fuente de oxígeno, aparte de retener la humedad y contribuir a la lucha contra la sequía. La población clímax (autóctona) de gran parte de España no es el pinar, sino el haya y el alcornoque. Quizá sea sorprendente saber que existe y está en funcionamiento la tecnología para conseguir hayas adultas en cinco años.

 -La parcela de la economía confiada a esa actividad queda fuera de las grandes convulsiones del mercado global y resulta inmune a toda crisis económica puesto que trata con productos de primera necesidad y pase lo que pase la población continuará comiendo. Nuevas crisis hipotecarias o financieras, nuevos tratados de asociación con países terceros, no podrán afectar a estos pequeños mercados locales.

-Se revertirá el problema de unas zonas del interior y rurales despobladas con nacimiento de un nuevo equilibrio entre áreas rurales y urbanas y sobre todo entre centrales y costeras.

 -De forma novedosa, una parte de la economía queda al margen de la dictadura de los bancos, cuya negativa a otorgar créditos se vuelve de pronto indiferente, ya que los nuevos agricultores no tendrán que comprar la tierra porque lo que sucede es que el Estado está reorganizando sus recursos y haciendo material y socialmente productivo su patrimonio.

   Es evidente que la fórmula no pretende que todos nos volvamos al campo ni la creación de una nueva Arcadia, sino la reserva estratégica de una parte del total de la economía del país, a la que en cierto sentido se saca de la dinámica ordinaria. El barón de Munchausen ha hecho algo más que dejarse llevar. Se ha parado a pensar cómo elegir la trayectoria y el destino de la bala de cañón.

  EL BARÓN DE MUNCHAUSEN Y LAS ESPECIES TRANSGÉNICAS

  Hoy esa trayectoria y ese destino nos llevan a territorios a mi juicio más que pantanosos, relacionados con la modificación genética de las especies. Quienes tienen capacidad para decidir son incapaces de concebir la agricultura en términos no industriales y están fomentando la modificación genética como fórmula de resistencia a las plagas. Pero esto solo produce, según parece, que las plantas asimilen los insecticidas, lo que como peligro para la salud humana deja en mantillas la irresponsabilidad de los agricultores que hoy día no miden la cantidad de los llamados productos fitosanitarios con que rocían sus cultivos. En una reciente tertulia en la BBC escuché cómo los expertos proponían el uso de la modificación genética como herramienta de lucha contra el hambre en el mundo. Cierto que en territorios como Africa puede ayudar (y que más vale morir intoxicado a los sesenta años que de inanición a los treinta) pero creo que una parte importante de los esfuerzos van a ir destinados al despilfarro de los recursos naturales mediante la actividad ganadera. Los humanos podemos comer el contenido de un campo de cereal y aprovechar el cien por cien o utilizar ese campo para transformar el cereal en carne, en cuyo caso estaremos aprovechando una proporción escandalosamente menor. Uno de los objetivos de la campaña para la modificación genética de los cereales es generar las condiciones para producir una gran cantidad de proteína animal que no solamente no necesitamos, sino que actuará como nuevo agente de enfermedades, ya que el contenido en pesticidas de esos cereales (fundamentalmente soja y maíz) quedará quizá centuplicado y después fijado en la grasa del ganado. Es un hecho que hoy en día podemos encontrar más pesticidas en la grasa de una sola vaca que en todo el campo donde esa vaca está comiendo. La diferencia es que con las novedades que nos anuncian, esa concentración aumentará espectacularmente, lo mismo que el cáncer y las demás enfermedades reconocidamente vinculadas al consumo de toxinas químicas.

  Esta propuesta implica dar la espalda a ese concepto de agricultura industrializada y fomentar las actividades locales, limpias y naturales. Una vez más, si no actuamos sobre la agricultura con decisiones conscientes y meditadas, la lógica del sistema hará el trabajo.

  UN POCO DE ESTADÍSTICA

  En España hay 8112 municipios. Considero que una media de diez explotaciones por Ayuntamiento es razonable. La propuesta está pensada inicialmente para familias o parejas, de tal forma que cada explotación podría dar trabajo al menos a dos personas.

8.112 x 10 x 2 = 162.240

  Según esta estimación, el proyecto podría dar trabajo a 162.240 personas, aunque toda estadística es aventurada y lo importante de la iniciativa no son sus números sino sus valores. En todo caso, la cifra sirve como mera referencia, ya que por motivos diversos no será posible implantar la fórmula en todos y cada uno de los municipios del país.

  UN PLAN E MEJORADO

  La cuestión de la mano de obra inducida que pueda generar esta iniciativa es algo que hay que dejar en manos de expertos. En todo caso, como quiera que la actividad está pensada para que las familias vivan en la misma explotación, se construirían 81.112 viviendas y un número igual de almacenes. En mi opinión, esta fórmula tiene la virtud, muy original, de que la construcción puede seguir entendiéndose como motor de la economía, pero al mismo tiempo en lugar de destruir el paisaje, como viene siendo hasta ahora, servirá para humanizarlo y enriquecerlo.

  A este respecto, es habitual que en las concesiones administrativas sobre inmuebles sean los concesionarios quienes asuman a su costa la construcción de la vivienda o instalación. La cuestión de si esos costes deben correr de cuenta de los poderes públicos queda para el debate. En caso de que así fuese, se precisaría de una considerable inversión, pero, si se quiere, esto podría considerarse una versión mejorada del llamado Plan E. Mejorada por servir de mecha de encendido: No es lo mismo que el Estado invierta en una obra pública estéril como motor de nuevas actividades económicas (i.e., plantar un banco en un parque) que hacerlo en otras que van a generar un ciclo económico importante y nuevo que ya nunca volverá a depender ni del Estado ni de la inversión pública.

 Por lo demás, resulta obvio que la nueva actividad precisará de suministros de abonos orgánicos, herramientas de trabajo, envases, etc., por lo que estas nuevas explotaciones pueden generar una actividad económica complementaria significativa.

  MÁS ALLÁ

 Es fácil imaginar cómo una red de explotaciones que combinan agricultura ecológica y manchas de bosque, distribuidos de forma más o menos uniforme o continuada por espacios bien de media montaña o bien de llano, dan lugar a eso que los economistas llaman sinergias que propicien en primer lugar establecimientos de turismo rural (quizá alojados situados justamente en la mancha de bosque o en sus lindes) y más tarde de senderos para recorrer a pie, en bicicleta o a caballo uniendo las diversas explotaciones.

  Puede que por esa vía, poco a poco, se abra paso la idea en la que pienso desde hace tiempo, la apertura de una serie de caminos para recorrer España de un lado a otro por esos mismos medios (a pie, en bici o a caballo), con albergues y restaurantes esparcidos de tanto en tanto, que puedan fomentar un turismo de interior pero también de aventura y que al mismo tiempo dé lugar a un ciclo económico totalmente nuevo y de dimensiones impredecibles. Poder viajar desde Cartagena hasta La Coruña en bicicleta por caminos preparados, seguros y dotados de servicios, es una idea en la que quizá merezca la pena pensar. En ningún sitio existe una red así. Por una vez, en vez de ir a remolque podríamos ser pioneros.

  CONCLUSIONES

  Estas propuestas tienen que ver con lo que los expertos llaman economías de escala. Cuando un fabricante de automóviles utiliza la misma puerta trasera con los mismos moldes para dos o tres modelos distintos de coche, eso es una economía de escala. Utilizar los terrenos improductivos del Patrimonio del Estado y otros que hayan quedado abandonados y no rindan, es utilizar un recurso hasta ahora paralizado, algo que podríamos llamar un activo inactivo, y por tanto se parece mucho a las economías de escala.

 Voy a poner una comparación que puede ilustrar el sentido general de una propuesta que va en contra de la corriente principal de la economía. Todos los libros que hablan de salud natural coinciden en huir de la comida procesada y de llevar la llamada dieta del paleolítico, es decir, alimentos muy poco elaboradas, a ser posible crudos y sobre todo naturales. De la misma forma que nos dejamos llevar de forma acrítica por la fascinación ante las tecnologías de la comunicación como el wi-fi, aplaudimos fenómenos dudosos como la nueva cocina de vanguardia, apadrinada por cocineros de renombre, a uno de los cuales llamamos sin rubor y sin criterio el mejor cocinero del mundo, y basada en las mezclas antinaturales, el procesamiento extremo y el abuso de los productos químicos para conseguir idioteces como cosquillas en el paladar. Tal como lo veo, fomentar y comer esas cosas es justo lo contrario de lo que nos conviene si queremos mantener la salud y desde luego lo más opuesto que cabe a la dieta del paleolítico.

 Esta propuesta de granjas ecológicas es algo muy parecido. Se opone a la gran corriente de la economía tanto como la simpleza de la dieta primitiva se opone a las sutilezas de la cocina de vanguardia. Y sin embargo (a mi juicio) es lo correcto.

No es posible frenar el proceso de la globalización pero sí ponerle algunas condiciones y frenos. Y para ello resulta imprescindible pararse un momento a pensar y a ver lo que está sucediendo delante de nuestros ojos, a saber, que estamos sometidos a la tiranía de unas leyes que, una vez transformado el mundo en mercado único, se comportan como una versión para humanos de la más brutal ley de la naturaleza, expresada por Darwin como la ley del más fuerte. Tendríamos que saber que en este contexto los fuertes son las grandes corporaciones económicas y que la inmensa la mayoría conformamos el grupo de los más débiles y que por eso hemos de echar manos de otras leyes, basadas en la solidaridad y la cohesión, para transformar esa debilidad en fortaleza.  

 La cuestión es si deseamos que nuestro destino siga estando en manos ajenas y a menudo lejanas o si nos vamos a decidir a ser esos ciudadanos con dignidad, derechos e iniciativa que formaron el ideal de Rousseau y están en la base de nuestra civilización.

Solo cabe una respuesta.

 Sí podemos.

José Ortega

El Puig, 16 de febrero de 2010 

 

 

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9 comentarios to “LOCALIZACIÓN FRENTE A GLOBALIZACIÓN. MANIFIESTO PARA UNA ECONOMÍA VERDE”

  1. Nerjeño said

    Desde hace tiempo me preguntaba que pasaba, que este blog no se movía. Tras leer este artículo creo que lo entiendo un poco mejor. Yo tambien escribo un blog con menos enjundia que este y se lo que supone, y el trabajo que cuesta mantenerlo vivo y a un nivel merecedor de seguimiento y atender, a un tiempo,las obligaciones profesionales, sociales,y familiares .

    Aún cuando esta entrada rompe con la línea tradicional, en cuanto no guarda relación directa con la temática propia del mismo ( Costas marítimas ), creo que merece la pena su lectura y una buena reflexion sobre el mismo, tanto si se comparte como si no el punto de vista,que por otra parte considero muy acertado y que bien merecería ser tomado en consideración por nuestros políticos .
    Creo que es importante y necesario que los ciudadanos comiencen a tomar las riendas del poder político, sino queremos terminar siendo marionetas en manos de aquellos a quienes damos un cheque en blanco cada cuatro años. Por ello es importante que escribamos cada vez mas cosas en ese cheque; y creo que esta entrda avanza en esa direción.
    Felicidades y ánimo. Juntos, SI PODEMOS.

  2. Beatriche said

    Magnífico artículo. Comparto plenamente sus opiniones y coincido con Nerjeño en que sería importante que reflexiones como éstas fueran tomadas en consideración por nuestros políticos y en que ya va siendo hora de que los ciudadanos nos impliquemos realmente en lo que tanto nos concierne.
    No puedo por menos que felicitarle por su gran esfuerzo y labor en pro de un mundo mejor y más justo.
    SÍ PODEMOS.

  3. Recibo este comentario por correo electrónico y la autora me autoriza a publicarlo como anónimo:

    buen título

    Interesante y valiente por tu parte destinar once folios a plantear un concepto que solo puede (y ha de ) desencadenar una reflexión que permita madurar el tema.

    Hace unos años, XXX, que también es muy delicado con su alimentación, planteó la idea de una cooperativa agraria en la zona con vocación a reporducir el modelo en otros territorios. Los consumidores eran copropietarios de la explotación con derecho a una parte de la cosecha. Nada nuevo. De hecho ya existe en mi pueblo. Periódicamente una señora reparte a domicilio los productos de su huerto entre sus clientes, que aceptan lo que trae sin mucha posibilidad de escoger el contenido de la cesta, porque la tierra no admite fresas en enero a no ser que transformes tu hermoso jardín en una fábrica de frigoríficos y paisajes plastificados. O sea, col y patata en invierno y te espabilas para compensar la dieta.
    Otro ejemplo, el sábado en XXX una jovencita muy valiente acude al mercado semanal, a horas inhumanas, para proponer sus productos con etiqueta “bio”. Hay tanta variedad en su parada que es imposible que todo ello provenga de su huerto, y así me lo confirmó, especificando todo el proceso de control y garantías que se esconde detrás del etiquetado “bio”. Lo cierto es que sus productos han escapado a las largas estancias en las neveras y se conservan fantásticamente.

    Todos estos ejemplos merecen ser retratados porque son la suma de las iniciativas individuales que construyen el concepto y porque son la mejor prueba que la idea de la “localización” que planteas puede funcionar, aunque, con condiciones:
    1.- que los clientes caprichosos también pueden acceder a los productos que permite la “globalización”, por si llamas así a los que no son de temporada ni producidos en el lugar donde se consumen (?);
    2.- que los clientes más benévolos y sus familiares se den por satisfechos con una dieta aburridísima.

    Ahora bien, otra cosa es plantear una intervención política i/o administrativa que, desgraciadamente, acabará en manos de gente que probablemente nunca hayan pisado un huerto y aún menos hundido sus manos en la tierra para arrancar la mala hierba una a una para evitar el pesticida y ver como sus bellos tomates, que requieren cuidado casi diario porque suben más rápido de lo que uno puede anudarlos a su guía, desaparecen en un guiño de ojo debajo de una colonia de masca blanca o cualquier otro animalito
    inofensivo para acabar en el compost más cercano, o en tu boca si cierras los ojos y piensas en tu sudor en lugar de las proteinas que tragas.

    No se parece a una imagen idílica, pero es necesario conocer este aspecto y preguntarse ¿no será que el esfuerzo que representa el cultivo de cuatro verduras es desproporcionado con el que representa pasear un carrito entre las estanterias del supermercado repletas de productos maquillados? ¿No es pedir a los demás, los futuros cultivadores “bio” de campos ajenos, que hagan el esfuerzo de llevar una existencia al límite de la pobreza para que nosotros podamos seguir con nuestro lujo alimenticio gozando del confort de la sociedad de consumo, y que no podrán alcanzar aquellos que se dejan la espalda para recoger unos productos que no podrán vender a no ser que
    coloquen en su jornada de 24h de agricultura otra de 24h de comercialización?
    ¿de verdad que existe una carencia de oferta de suelo que impide a los potenciales cultivadores iniciar su actividad o lo que falta es la demanda? ¿Porque nadie me ha pedido si podía cultivar mi huerto abandonado desde el episodio de los tomates?
    ¿Los rendimientos agrícolas permiten subsistir? A partir de que superficie y
    que tipo de cultivo? no caeremos otra vez en macro instalaciones con el
    descontrol que conlleva en la calidad del producto?
    El mercado estará dispuesto a pagar un precio más elevado para compensar el
    exceso de trabajo o la precariedad de la profesión ante las intemperies?
    No son más fuertes los alicientes de las prestaciones públicas?
    Autorizar nuevamente viviendas diseminadas en el territorio no supone un sobre coste en las infrastructuras?

    Mi pesimismo no debe llevar a bajar los brazos, sino todo lo contrario, a disparar con el extintor de la retórica.

  4. Y otro comentario que me llega por correo electrónico:

    “Hasta en la original portada con las frutas de ARCHIMBOLDO estoy de acuerdo en todo lo que dice este manifiesto. Parece la voz de mi conciencia, oye. En esto, como en casi todo, no soy neutral. A mí particularmente me parece muy acertado. Extraordinario. Crítico, directo, como yo me siento y me identifico plenamente.
    No sé con qué propósito o a qué público estará dirigido este manifiesto, por las referencias políticas en tono disculpatorio al presidente del gobierno, ahí no me mojo, porque cada vez soy más escéptica con la clase política.
    A B S O L U T A M E N T E de acuerdo en la consideración de que “el desarrollo sostenible es una falacia”
    Veo que hay cada vez más gente dispuesta a hacerse oír, que reflexiona y se cuestiona esta burra que nos han vendido como “economía globalizada” o “desarrollo sostenible”. Estamos asistiendo al principio de la agonía del capitalismo como sistema económico, la explicación es muy sencilla y visible para cualquier observador: es insostenible que este planeta siga produciendo al ritmo vertiginoso que lo hace para satisfacer las necesidades de una población creciente. En el fondo, no son más que la confirmación de las teorías maltusianas que nos enseñaban en el colegio. En este sentido, suscribo las palabras del siempre admirable Jose Luis Sampedro cuando en alguna ocasión dijo aquello de “¿beneficios? ¿beneficios para quién?” pues yo hago lo propio “¿sostenible? ¿para quién? Sostenibilidad coyuntural para algunas rentas…
    Justifica muy bien que no es fácil lidiar con el “progreso” económico y defender los recursos naturales pq son fenómenos contrapuestos en el mundo actual. El marcado neoliberalismo en el que vivimos, defensor a ultranza de la rentabilidad económica antepondrá siempre su discurso economicista, neoliberal y nonopolizador a fines conservacionistas o proteccionistas, en consonancia con aquella concepción maquiavélica de: “el fin justifica los medios”.Estoy de acuerdo en que debe atenderse a valores éticos y que, en última instancia, aunque siga siendo una idealista desengañada, sigo pensando que la fuerza reside en la gente, como consumidores, como usuarios, como motores reales, como fuerzas productivas. Si nos dejamos llevar por los terrenos del liberalismo, también los nazis creaban puestos de trabajo en los campos de concentración, también los niños trabajan en fábricas en Indonesia.
    Muy acertadamente, habla de que no tenemos autorización moral para pedir a Vietnam que deje de talar árboles pq son esenciales para la atmósfera. Este discurso se puede extrapolar a ámbitos internacionales como la petición a los países en vías de desarrollo que limiten su desarrollo económico para preservar, salvaguardar o proteger el medio ambiente, especialmente cuando han alcanzado su estatus con las mismas prácticas que ahora censuran.
    Con respecto a las referencias históricas, la Revolución Francesa no dio paso a una democracia per se. Las fuerzas cambiaron de manos. De manos de la aristocracia y nobleza a las manos de una burguesía creciente que, imparable, aprovechó la ocasión que le brindaba una multitud popular enardecida, animada por la necesidad de cambio. Una burguesía comercial y financiera que derivó en los monopolios empresariales ulteriores (siderurgia, banca, etc). El ciudadano, entendido como tal en nuestra época contemporánea, quedó sujeto a los manejos de poder de estos grupos, ya no eran los impuestos de los señores feudales, sino de los nuevos grupos surgidos al calor de la Revolución.
    Es decir, este sistema económico arranca desde mucho antes de la revolución Francesa, ha existido en sucesivas etapas: capitalismo mercantil, capitalismo industrial y ahora capitalismo financiero. Otra cosa son los aspectos sociales.
    Como bien considera el autor, yo también defiendo la idea de una alimentación más sana (dentro de la contradicción que supone llevar unos hábitos alimenticios más saludables en el mundo actual) y la agricultura a la que llamaron “sector primario”. Primario, como símbolo de primitivo, no cuenta con los apoyos necesarios porque obedece, lamentablemente, a unas políticas supranacionales que tienen pensados otros planes para este país de sol y playas. Pero de nuevo entramos en los efectos de la globalización, que tiene estas cosas. ME parece muy loable la idea de fomentar al explotación de un mercado local pero ¿de verdad en este país de marcado individualismo se podrían llevar a cabo iniciativas de este tipo? Yo creo que el problema de todo es el evidente individualismo que nos generaliza, que nos impide ver más allá y nos hace impotentes ante los abusos y el despotismo de quienes nos manejan.
    Las iniciativas que propone para dinamizar la agricultura ecológica me parecen muy interesantes, pero me resulta inevitable pensar en la implicación del Estado. Y para ello debe contar con voluntad y compromiso. Compromiso, cooperación, son palabras que aún les vienen grandes a muchos. Por otro lado, tampoco existe un colaboracionismo tan loable como en el agro francés.
    ¿Y Los transgénicos? yo también he oído hablar de las excelencias de los transgénicos como la panacea para paliar el hambre y, de paso, lavar conciencias. El posible aprovechamiento para actividades ganaderas también sucedió en la Amazonía, a principios de los 90 (no sé después) donde enormes extensiones fueron destinadas a ganado como materia de base para industrias agroalimentarias de los países desarrollados.
    Por todo ello, no puedo estar más de acuerdo con lo de “cambiar la trayectoria de la bala” pero ¿quién está dispuesto a subirse a ese tren y cambiarlo de rumbo? ¿A quién le importa mientras las cuentas vayan saliendo? (de nuevo me inunda el escepticismo, la desconfianza) Echo en falta palabras como espíritu crítico, valores éticos, compromiso, alianza, unión… frente a los fundamentalistas del mercado.

  5. Beatriche said

    En referencia al penúltimo comentario, realmente se agradece la opinión de una persona que, como muy bien dice, sabe perfectamente lo que es pisar un huerto, hundir sus manos en la tierra y ver cómo sus tomates mueren víctimas de la mosca blanca. Yo jamás he tenido un huerto ni la más remota idea de lo que representa cultivar hortalizas, verduras y frutas, por lo que no tengo derecho a rebatir absolutamente nada.
    Pero sí me planteo algunas de las cuestiones que se mencionan. Por ejemplo, no hace tantos años, cuando yo era pequeña (y no soy una anciana), sólo comíamos hortalizas, verduras y frutas de temporada. Sabíamos que las alcachofas y las naranjas se comían en invierno y las cerezas y melocotones en verano. Y no recuerdo que nuestra dieta fuera aburridísima ni desequilibrada. Simplemente era así porque la naturaleza así lo mandaba. Y ello no nos convertía en menos felices ni menos sanos, al menos en mi opinión.
    Con respecto a los precios. Es cierto que los productos llamados “biológicos” se venden actualmente a unos precios bastante más altos que los que no lo son, pero ¿realmente es un justo precio? ¿O aquí también hay un componente de oportunidad que estos agricultores “biológicos” están aprovechando? (Es sólo una pregunta que me planteo, insisto en que desconozco totalmente el asunto). Soy consciente del esfuerzo y la dedicación que debe suponer un cultivo sin herbicidas ni pesticidas. Pero también sé, como todos sabemos, que los precios que estamos pagando por los productos no biológicos se multiplican no quiero ni saber por cuánto debido a su paso por diferentes intermediarios hasta llegar al comercio en cuestión. Por lo tanto, si la propuesta del manifiesto se llevara a cabo de la forma más racional y productiva posible ¿No estaríamos pagando prácticamente lo mismo por productos biológicos que los que ahora pagamos por los que nos venden llenos de pesticidas, herbicidas y vete tú a saber cuántas cosas más? Para ello, eso sí, habría que parar los pies a los intermediarios. Hartos estamos de ver a los agricultores manifestándose por los ridículos precios que éstos les pagan por sus cosechas, con los que ni siquiera cubren los costes de producción.
    Lo que es evidente es que la aplicación de algo como lo que propone este manifiesto precisa de una ingente labor previa de concienciación sin la que será posible que el modelo funcione. Y precisamente éste es un cometido que a mi juicio cumple a la perfección la propuesta del autor. Por ello debemos seguir intentando difundirlo.
    Quizá mi opinión resulte ingenua, pero me empeño en no ser pesimista al respecto.

    • La reflexión de Beatriche sobre el hábito de comer la fruta de temporada tiene la grandeza de lo simple. Aconsejo la lectura del libro que acabo de terminar y que tuve la buena inspiración de comprar el otro día en Madrid, EL DETECTIVE EN EL SUPERMERCADO. Dice lo mismo que Beatriche y mucho más. Es un prodigio de sentido común, espíritu crítico y buenos consejos.

  6. Cartagenera said

    Yo aconsejo que os paséis a la leche de Soja, la de vaca es… Malísima!

  7. Beatriche said

    Estoy contigo, Cartagenera.
    Es malísima para todos, pero parece ser que lo es especialmente para las mujeres. Según tengo entendido, en Japón las niñas y las mujeres jamás tomaban leche de vaca y, según los estudios, hasta que no empezaron a “occidentalizar” sus costumbres y pasaron a tomarla, el cáncer de útero y de mama allí no existían.

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