ANGULOS Y RAYITAS

diciembre 2, 2008

Extracto del libro “El abogado y el mar”

(c) José Ortega 2008

Más información sobre defensa de costas en www.costasmaritimas.com

Bajo la Cuesta es un barrio peculiar, situado en el municipio de Candelaria (Tenerife), al pie de un acantilado y sobre una berma litoral. Las viviendas se construyeron en los años setenta, después de que en 1969 un deslinde fijase la línea de la zona marítimo terrestre. Como en muchos otros casos, los propietarios, por si acaso, no se habían atrevido a hacer nada en los terrenos hasta que un deslinde fijó con certeza el límite entre lo privado y lo público.  Una vez la frontera quedó clara, se construyó en los terrenos que habían sido confirmados como privados, más allá del deslinde.

Visité por primera vez el barrio en septiembre de 2006, cuando la Administración acababa de aprobar en la zona un nuevo deslinde que no solo remetía la línea hacia el interior, acaparando prácticamente todo el barrio, sino que además la hacía escalar como cabra montés acantilado arriba.

Recuerdo haber leído ya en el coche que me había recogido en el aeropuerto el exiguo estudio geomorfológico, que hacía la sorprendente afirmación de que la línea de deslinde se había fijado coincidiendo con el alcance de los temporales, lo que quedaba determinado por “observación directa”. Me quedé maravillado ante un deslinde que parecía un mirlo blanco para impugnar, porque si toda la prueba practicada era la observación directa, y si cuarenta y cinco familias tenían que perder sus viviendas únicamente debido a la “observación directa” de un funcionario, el tema parecía chupado. Lo mismo que a nadie se le ocurriría acudir al juzgado a formular una acción reinvindicatoria del dominio basada en la observación directa, creía que los Tribunales harían trizas un deslinde basado en esa birria de prueba,  ya que al fin y al cabo el deslinde y la acción reivindicatoria del dominio tenían el mismo efecto: la pérdida de la propiedad.

Las cosas empezaron a no cuadrarme cuando  poco tiempo después, con motivo de un proyecto de obras que había hecho el Cabildo, la Demarcación de Costas informó desfavorablemente, vertiendo improperios contra los vecinos al decir  que no se podían hacer obras públicas que beneficiaran a personas que habían construido ilegalmente sobre lo que es de todos.

Al indagar me enteré de la extraña realidad de que la Demarcación de Costas, al aprobar el deslinde nuevo, creía estar ratificando el antiguo, es decir, que creía que el deslinde de 1969 ya venía escalando el acantilado, y que por lo tanto las viviendas no se habían construido sobre terrenos privados, sino públicos. Esto originaba problemas muy serios, en especial si tenemos en cuenta la severidad de los servidores de la Demarcación de Costas de Tenerife. Básicamente la cuestión es que yo creía que los vecinos podían estar tranquilos incluso a pesar de la aprobación del deslinde, puesto que en el peor de los casos, al tratarse de terrenos comprendidos entre la primitiva y la nueva delimitación de un deslinde, sus propietarios tenían un derecho claro a la concesión administrativa de treinta años prorrogables por otros treinta. Pero como la Administración creía que los terrenos siempre habían sido públicos, y se había construido alevosamente dentro de ellos, su visión era muy distinta, y lo que había que tramitar no era concesiones administrativas, sino recuperaciones posesorias para derribar las viviendas.

¿Cómo se podía haber llegado a este extremo? ¿Cómo es posible que no se pueda saber con exactitud por dónde iba la línea antigua? Para empezar, aquella línea se había señalado con mojones de piedra. Los vecinos los tenían muy vistos, a unos metros delante de sus casas, pero desaparecieron. Por encima del acantilado discurre la autopista que circunvala la isla, y con motivo de su ampliación se hicieron obras de las que se desprendieron unos escombros que no solo obligaron a desalojar las viviendas por motivos de seguridad, sino que cubrieron completamente los mojones. Cuando las palas se llevaron los escombros, arrastraron también los mojones, y así se perdió toda huella física del trazado del deslinde.

Eso nos dejaba solamente con el plano.  Pero lamentablemente, y de forma algo contradictoria, el plano decía poco. Los deslindes de aquellos años  no podían contener las coordenadas geográficas de cada hito, por no existir ni GPS ni las demás excelencias electrónicas de hoy, por lo que la ubicación de cada uno de estos hitos se determinaba por referencia al anterior según dos variables: ángulo y distancia. Esto significa que el error en la determinación de un hito arrastra a los demás. Para evitar estos errores, se establecían determinados puntos fijos e indubitados sobre el terreno, que a menudo eran esquinas de edificaciones existentes. Pero con el tiempo estas edificaciones habían desaparecido, y con ellas los puntos fijos.

Esto es lo que sucedía en Bajo la Cuesta, donde los dos puntos fijos más cercanos (puntos “I” y “J”) habían sido arrasados para construir encima una central térmica. Cuando el topógrafo de la Demarcación de Costas estaba dibujando el replanteo de la línea antigua y se encontró con que no podía apoyarse en estos puntos, trató de puentearlos y cometió un error totalmente detectable en el cálculo de un ángulo. El error se fue arrastrando y magnificando en dirección a las viviendas, de forma tan horrible que al llegar a ellas la línea ya escalaba la montaña en cotas que en algunos casos alcanzaban los 40 metros.

 Teniendo en cuenta que además estos puntos se encuentran a unos 30 metros tierra adentro desde la línea de agua, y considerando que el deslinde de 1.969 señalaba solo la zona marítimo terrestre, es decir, el alcance de los temporales, esas cotas tan elevadas necesariamente tendrían que haber indicado la presencia de un tsunami que no solamente no podría haber pasado desapercibido en el resto de la isla, sino que tendría que haberla anegado,  causando una gran catástrofe natural de la que sin embargo no ha habido noticia.  Es más: la línea de 1969 responde a una definición de zona marítimo terrestre que consiste en el espacio abarcado por los temporales ordinarios, lo que significa que el tsunami no fue ocasional, sino que era cotidiano, es decir, que Candelaria se había anegado y muchos de sus habitantes habían perecido no una sino varias veces.

 Esperen, que aún hay más: La ratificación en 2.006 de  la línea de 1.969 significa que después de la ley de costas de 1.988 las olas alcanzaron la cota señalada por esa línea, es decir, que los tsunamis se prolongaron hasta épocas recientes.

 ¿Quieren más? La vecina central térmica está protegida por una escollera de unos cinco metros de altura. La línea de deslinde se colocó por la coronación de esa escollera, lo que significa algo realmente grandioso: No solamente hubo tsunamis invisibles e imperceptibles, sino que de forma milagrosa tuvieron un efecto selectivo: en el barrio pobre de Bajo la Cuesta, habitado por trabajadores de la clase media que sudan tinta para llegar a fin de mes, Neptuno lanzó un huracán con olas que alcanzaron cuarenta metros de altura a treinta metros tierra adentro. Pero solo cien metros más allá, en la central nuclear de UNELCO, propiedad de una de las empresas más poderosas, ricas e influyentes del país, la ola solo alcanzaba cinco metros al borde del mar. Ante el capitalismo industrial hasta el dios de los mares puede volverse tísico, y sus pulmones, incapaces de algo que no sea un tímido eructo involuntario. 

  

  TRURL Y CAPLAUCIO

 Todos podemos sufrir un error, especialmente cuando las condiciones técnicas no son favorables, como sucedía aquí, al estar ausentes los puntos fijos imprescindibles para el replanteo. No es cosa de criticar estos errores, pero me admiro de la actitud hierática, imperturbable, majestuosa, pero sobre todo robótica, de la Demarcación de Costas de Tenerife, incapaz de reaccionar  incluso viendo que la línea dibujada por su topógrafo da resultados imposibles.  Es esto lo que me causa un mar de sensaciones encontradas, que van desde la sorpresa hasta el escándalo, sin olvidar la decepción, y es esto lo que justifica mi forma de apreciar la lógica de los ingenieros de costas como una lógica de escuadra y cartabón. Ellos han hecho sus rayitas y sus ángulos, y como son técnicos, las han hecho bien. Si los resultados son absurdos esto es algo que no pertenece a su mundo. Las cosas del mundo real, de la racionalidad, de la prudencia, de la ponderación, de la inteligencia, de las personas, todo esto creo que debe parecerles más pesado que el Ulises de Joyce. 

Todos hemos padecido cáncer muchas veces. Es más o menos rutinario que algunas células se vuelvan idiotas de repente y se transformen en malignas. Lo que sucede es que el sistema inmunológico las suprime sin que nos enteremos. De la misma manera, en el seno de la maquinaria social también se cometen errores que no por ello deben provocar ni catástrofes ni consecuencias irreparables, precisamente porque la sensatez, la cordura, los controles, la buena voluntad y toda una serie de filtros propios de la civilización, impiden el crecimiento desmesurado de esos errores.

El error cometido por la Demarcación de Costas de Tenerife es minúsculo, pero su maquinaria administrativa no es un cuerpo sano capaz de detectarlo y eliminarlo. El cáncer por regla general se instala en serio solo en los cuerpos que ya están enfermos y debilitados, y cuyo sistema inmunológico es incapaz de defenderse. La maquinaria administrativa de la Dirección General de Costas no es a mi juicio un cuerpo sano, sino enfermo, debilitado y corrompido por la arrogancia. Sus representantes con capaces de derribar todo un barrio, dejar a las familias en la calle y proclamar que hubo una ola de cuarenta metros,  solo para no reconocer que se habían equivocado.

El inefable Stanislaw Lem cuenta las hazañas de dos ingenieros llamados Trurl y Caplaucio, que habían construido una especie de computadora definitiva, omnisciente e infalible, además de voluminosa. Terminado el montaje y la puesta a punto, Caplaucio se dirigió a la computadora y le preguntó cuál era el resultado de sumar uno más uno. La computadora respondió con un claro tres. Volvió a preguntar, y la computadora no cambió la respuesta. Insistió, pero la máquina erre que erre. Se enfadó con ella, la golpeó, y como era además una computadora con patas, salió corriendo y escapó del laboratorio. En su estampida se dio un golpe, resbaló por una ladera y le cayeron encima unos pedruscos que la aboyaron y la averiaron de gravedad. Caplaucio se acercó a la computadora agonizante y le susurró.

  -¿Cuánto es uno más uno? 

  -Tres -respondió la computadora.

   Y sus circuitos se apagaron definitivamente con un soplido. Así es la Demarcación de Costas de Tenerife, empeñándose hasta el límite en el error, aunque en este caso el que resulte destruido y muerto sea el prójimo.

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Una respuesta to “ANGULOS Y RAYITAS”

  1. Andresin said

    ola…la central de unelco no es nuclear, si no termica..Jose.
    Un saludo, campeon

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