EXTRACTO DEL LIBRO EL ABOGADO Y EL MAR

 

PASEO DEL PRADO, 26 DE MARZO DE 2008

Me puse en pie, di un paso adelante y miré a mi audiencia. La guerra ya solo la hacen con fusiles los títeres muertos de hambre de los países pobres. La auténtica guerra se hace con información y yo lo sabía. Estaba a punto de desatar algo peor y más difícil de ganar que una guerra contra el gobierno. Era una guerra contra el Estado, que me enfrentaba  a los principales partidos políticos y sus respectivos entramados económicos y en la que nadie iba a ayudarme. Una lucha del pueblo contra una casta acostumbrada a  valerse del poder público para plasmar sus ideas integristas. Una la lucha de la sociedad frente al Estado.

 Desde el principio supe que no podía ganar esa lucha dentro de España. Sabía que las instituciones iban a ignorarme, la prensa a censurarme y los partidos a huirme. Puede que el Presidente Zapatero me creyera un ingenuo por dirigirle una queja extensa por abusos en aplicación de la ley de costas, en enero de 2008. En realidad lo hice solo por cortesía, y, si se quiere, por patriotismo. No estaba dispuesto a perder ni un minuto mendigando la atención de unos medios de comunicación controlados por los partidos a los que yo estaba atacando, ni mucho menos esperando el acuse de recibo de los políticos. Soy un ciudadano de la sociedad que concibió George Orwell, pero, a diferencia de la mayoría,  un ciudadano consciente de ello. Represento a veinte mil almas torturadas y tengo conmigo una razón tan contundente que duele, pero sabía que ese sufrimiento iba a ser ahogado por la indiferencia y esa razón iba a ser amordazada por una censura más eficaz  que la de las dictaduras convencionales. Tanta injusticia, tanto abuso, tanta prepotencia, tanto escándalo, y todo el poder del Estado para impedir que la sociedad se enterase. Es como en la obra de Stanislaw Lem Congreso de futurología, en que hasta el último ciudadano de un mundo superpoblado, contaminado e invivible se cree feliz y próspero solo porque unos robots esparcen continuamente en el aire un spray que engaña a los sentidos, y hace a la gente ver, oler, oír y tocar lo que no existe.  Y viceversa, no ver, oler, oír y tocar lo que sí existe.  Por eso sabía que aquella lucha significaba mucho más que la queja por uno o dos abusos en la aplicación de una o dos leyes. Era la lucha de la gente común contra el sistema. Era la forma que tenía el ciudadano de la calle de defenderse de esa nueva tiranía invisible que nos conduce a donde quiere sin que nos demos cuenta.

  Comencé a hablar sin vacilación. En la agencia me habían casi obligado a hacer un minicursillo previo aunque yo estaba acostumbrado a expresarme en  público y sobre todo a convencer a  audiencias escépticas. Pero eso es algo que siempre me ha parecido fácil porque recurro al truco infalible de decir siempre la verdad.

 Mi audiencia de aquella mañana de marzo, en un hotel del paseo del Prado, también era escéptica. De hecho, era la más escéptica que   nunca había tenido. Pensaban seguramente que yo era el abogado a sueldo de un grupo de  señoritos privilegiados o de unos cuantos tiburones del ladrillo a los que incomodaba cumplir una ley que igualaba a ricos y pobres. 

  Les sorprendió que mis primeras palabras fueran de respeto a la ley de costas y la advertencia de que la queja no era contra ella, sino contra los abusos indebidos en su aplicación. Pero les sorprendió más ver cómo, en vez de endilgarles  las quejas del consejero delegado de una  constructora forrada de pasta, apenado por no poder construir un centro comercial en la playa, les trasladé el padecimiento de un pobre de  solemnidad que vive en un extremo de España más pobre aún que él mismo, y que había perdido la visión en un ojo al  enterarse de que los ingenieros de costas iban a quitarle su casa para promover una urbanización. 

 Cuando comencé a hablar desaté la guerra en serio. Lo hecho hasta entonces, incluyendo mis cuatro  ruedas de prensa en Canarias,  habían sido solo tanteos. Los corresponsales de BBC, Herald Tribune, Daily Telegraph, The Times, estaban registrando cada una de mis palabras para esparcirlas por Europa.

 Los fusiles son cosa del tosco siglo  XX. Yo sabía cómo librar y ganar aquella guerra. Cada una de mis palabras era una bala bien dirigida, y sin embargo nunca pensé que aquella  lucha contra los abusos del Estado fuera a obtener difusión universal.  Mucho más allá de mis expectativas, creo que no hubo un palmo de terreno sobre el planeta a donde mis denuncias no llegaran, llevadas por las agencias de noticias y publicadas por la prensa, desde el Wahsington Post hasta diarios de Taipei, Malasia o Turquía.

 Y entonces supe que había algo en lo que estaba equivocado. Nuestra sociedad aún no es la de Georges Orwell. Un simple ciudadano aún puede doblegar al inimaginable poder combinado del Estado y los grupos socioeconómicos. 

 Este libro es, entre otras cosas, la historia de cómo sucedió todo.

 

 

 LOS SANTOS INOCENTES

 Esta España, corrupta hasta los huesos, asolada por los abusos del poder y abandonada en manos de políticos miserables,  no es la España en la que creo. Es una tierra desafortunada y controlada por negociantes, comisionistas y salvapatrias, pero digna y valiosa bajo esa capa visible, en ese fondo penumbroso donde se conservan las esencias. Un día conversaba con un joven periodista alemán residente en Madrid. La ciudad donde vive no le gusta, pero se reconcilió con ella cuando fue testigo de lo que hizo el pueblo en el 11M. La España en la que creo tiene que ver con todas esas personas que corrían a ofrecer su sangre, que preguntaban cómo podían ayudar y que demostraron que la ciudad tiene un alma. El alma, lo que Savigny llamaba el genio del pueblo, no está en los despachos de moqueta espesa, sino en los parques, en el metro y en los  bares de medio pelo. Esas personas que madrugan, que sostienen España con su trabajo, que sufren para llegar a fin de mes, son el alma de un país torturado por dirigentes idiotas.

 Los he visto, los he escuchado y he compartido su incertidumbre. Son como los santos inocentes de Delibes: José Elvira, el Besugo, un pescador jubilado de Fuerteventura. Antonio Oliva, un encargado de gasolinera de Tenerife. Valeriano Rodríguez, un abuelo que fue carpintero toda la vida en su Gomera. José Pedro Martínez, un joven electricista de Luarca. Este es el tipo de personas en las que el Gobierno estaba clavando sus garras. Gente de la clase media o media baja, cuando no directamente humilde, sin acceso a un abogado de calidad, y por tanto inermes ante esos abusos que vienen del Estado envueltos en una engañosa apariencia de legalidad.

Y, junto a ellos, la colonia de ciudadanos europeos que se ha decidido a buscar en España su lugar bajo el sol, atónitos ante lo que está sucediendo. Si hay alguien aún más desvalido que un pescador jubilado y pobre como el Besugo es un ciudadano extranjero, que no conoce la lengua y mucho menos la ley.

  Mi hermana vive en un pueblo minúsculo de la isla británica. Un día vi cómo su marido examinaba la correspondencia. Había una carta  ofreciendo una preciosa casa de vacaciones en España, una carta de lo más habitual en aquellos rincones, según supe. El aparato de propaganda llega a los rincones más recónditos y campestres del Reino Unido, y estas personas han venido para vivir aquí por docenas de miles, creyendo que se trasladaban a un país  adecuadamente civilizado. Se dan cuenta de su error cuando ya es tarde.

     Cierta vez una pareja de alemanes que estaban a punto de perder su vivienda por un deslinde se negó a creerlo. Me consideraban un mentiroso solo por advertirles. Confiaban en España y sus instituciones y se creían a salvo por estar dentro de las fronteras de esa Europa donde impera el derecho. En la simbología primitiva los muros que envuelven la ciudad la separan del caos exterior. Dentro de la ciudad, el orden, la seguridad y la ley. Más allá de sus murallas, lo informe, lo imprevisto, lo salvaje y caótico. Europa es como esa ciudad, resguardada por muros espesos. En su interior no hay sitio ni para lo informe, ni para lo imprevisto, ni para lo salvaje, ni para lo caótico. O quizá sí.

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EPICA Y ETICA

octubre 8, 2008

 

Tenemos con nosotros al que sin duda es el hombre del día. Es una especie de Robin Hood. El vive de esto, pero lo que le mueve es la injusticia. Se trata de un héroe popular y nuestra sociedad está necesitada de personas como él”.

 

Me quedé tieso cuando escuché esta introducción del periodista de Punto Radio de Vigo y a continuación hice lo que pude por esconder la sorpresa y procuré que me saliera la voz del cuerpo. Esperaba una entrevista como todas las demás, con preguntas parecidas y respuestas casi iguales, pero a este periodista le dio por personalizar. Lo pasé estupendamente hablando con él, porque la entrevista fue tipo Jesús Quintero, y tuve el placer de ascender un poco evocando a Rousseau, especulando con el modelo de sociedad que salió de la revolución francesa y hablando más sobre las ideas que sobre las cosas.

 

A todo esto que estoy haciendo observo dos tipos de reacciones de amor y de odio muy marcadas y simétricas. De la misma forma que hay mujeres devotas que rezan cada noche por mí, tengo enemigos que intrigan cada noche contra mí. Percibo también una envidia de color muy verde en ciertas personas, con reacciones que por prudencia no debo exponer en este blog.

 

Pero el aspecto épico y la evocación del bosque de Sherwood son nuevos. O casi. En julio asistí en Fuerteventura a una representación teatral sobre los derribos de costas. Fefa, corre que te tiran la casa, es su afortunado título, y más afortunados los diálogos y la actuación.  Lo que pasa es que en esa obra, que satiriza los intentos de demolición en el Puertito de los Molinos, aparece un personaje que hace de abogado y salva las casas, y temo que ese personaje sea yo mismo, que aparte de ser abogado he impedido hasta ahora todos los derribos del Puertito. En la obra todos los personajes tienen un nombre menos éste. Es simplemente el abogado. Menos mal, me habría muerto de vergüenza.

 

Mis enemigos pasan noches de insomnio alambicando hipótesis que expliquen por qué estoy haciendo esto. Si no me preocupa la pasta,  los coches de marca me hacen bostezar, el estatus social me deja indiferente, carezco de ambiciones políticas y no pretendo usar esta lucha como trampolín para, entonces ¿de qué va este tío? ¿Qué busca? De hecho, estoy haciendo lo contrario de lo que hacen los abogados. Quiero eliminar el conflicto y si lo consigo me quedaré sin trabajo.

 

Lamento que la respuesta suene näive: No soporto la injusticia y eso es todo. Bueno, tampoco soporto que los todopoderosos se metan con los débiles y desamparados. Por lo que estoy viendo, más gente de la que creía sufre de incapacidad genética para entender algo tan simple.

 

Ya puestos: Algunas personas que me adoran me han censurado que en un blog anterior incluya entre los destinatarios de mi agradecimiento a algunos ciudadanos de los que me están haciendo la vida imposible. Ven en ello un signo de debilidad o algo peor, como si debiera algo a estos enemigos míos, o como si les temiera. La respuesta tiene que ver con la inteligencia emocional y es la siguiente: Quiero salvar a la gente, pero también salvarme a mí mismo. Tengo ya bastante con la injusticia convencional que viene de los ingenieros de costas como para sofocarme con la violencia moral que procede de estas otras personas. Todo junto es demasiado intenso y yo no puedo sobrevivir a esta lucha odiando. El odio malgasta inútilmente mucha energía que es mejor emplear en otros fines. Dejemos ese sentimiento primitivo para ellos. El agradecimiento que figura en aquella entrada de blog es auténtico y obedece a servicios que los interesados hicieron a la Plataforma en su momento. No importa lo que me hayan hecho después. Y no me preocupa lo que intenten contra mí en el futuro. No puedo vivir odiando.

 

Todo esto pasará. Los partisanos, después de combatir a los invasores, solo querían ver su país libre y volver a casa. La situación que estoy viviendo es parecida. Quiero ver a mi país libre. Cuando lo consiga yo también volveré a casa.